lunes, 8 de mayo de 2017

Cinco fábulas de armas y una pregunta

Mi abuelo y las fechorías de los otros
Algunas noches ya tarde hacía como que iba al baño y entraba al cuarto de mis abuelos. Trataba de no hacer ruido y acercarme con cuidado para poder ver la pistola. Mi abuelo, siempre la ponía junto a su reloj y la cartera sobre la mesita de noche mientras dormía. Tenía la cacha nacarada tornasol. Nunca se me ocurrió acercarme tanto como para tocarla, aunque siempre tuve ganas de hacerlo. Mi tío mayor de los varones, pero menor que las hembras también tenía una. Él si dejaba que uno la viera, pero no que la tocara. Era mi tío favorito, parrandero y bonachón como nadie pero con unos límites bien claros. -Mira carajito, con esa vaina no se juega- decía. Mi abuelo era más el silencio. Nunca supe si el misterio era precaución o vergüenza. Aunque siempre quedó claro, por medio de mi abuela que era para protegernos. En mi versión infantil era para cuidarnos de los malandros y sobre todo en la noche, a los carros de la familia, que dormían detrás de la pared de su cuarto. Uno podía verlos por la ventana sobre su cama, por donde también entraba el olor y las voces de los mariguaneros, que justo a esa hora, cuando estaba oscuro, aprovechaban para desvalijar los carros y hacer sus otras fechorías
Ila Nieves

Mi papá y mi propia fechoría 
Hace tanto, que ya no puedo recordar quien me regaló aquella pistola de juguete. Lo que sí recuerdo es que era cromada y la cacha de plástico simulaba la madera de un color marrón con vetas. Se armaba halando hacia atrás la parte superior, igual que un revolver de verdad. No disparaba nada, pero cuando el percutor caía, sonaba duro porque explotaban unas rueditas rojas de plástico que venían rellenas de pólvora. Esos pedacitos de plástico uno también los podía hacer estallar con un martillo o con la piedra de machucar los ajos, en caso de que se dañara el gatillo. En eso días a mi papá le tocó visita y me llevó a cortarme el cabello en la barbería que quedaba en la esquina del cine Metropolitano, transversal a la Lecuna. Justo al frente de la parada de camioneticas que van para Caricuao. Realmente no recuerdo el trayecto, ni qué hablamos, ni si comimos algo. Solamente recuerdo la vergüenza que sentí, cuando al notar mi incomodidad al sentarme o al caminar, ya no lo sé, mi papá me subió la franela y encontró la pistola de juguete escondida entre los pliegues de mi pantaloncito talla 8. También recuerdo como se le trabó la lengua en el regaño y sus ojos de tristeza. No me pegó. En aquel momento imaginé que así debían sentirse los mariguaneros cuando mi abuelo se asomaba con su pistola, esas noches en que ellos andaban con sus fechorías.

El internado militar y los fusiles de mentira
Cuando entré al internado todavía jugaba con soldaditos verdes de plástico. Eran mi juguete favorito. Los coleccionaba de piñatas y bolsitas que vendían en la quincalla. En el liceo habían unos fusiles muy viejos, la mayoría tenían el ánima rayada o el cañón obstruido. Para lo único que realmente servían era para estar de adorno y de vez en cuando ponerlo a uno a sacarles brillo con una franelita empapada en Brasso. Entre mis recuerdos más felices de esos años, están las vacaciones de agosto que pasaba enteras en Valera, en la casa de mi mejor amigo. Entre nuestras miles de aventuras están el trío de cuerdas donde su papá tocaba y cantaba boleros y bambucos, los Sea Monkeys fallidos y las tres veces que leí Cybil la de las 16 personalidades. Una vez en algo que fue para mí como una vacación dentro de la vacación nos llevaron un fin de semana a  una casa que tenía un amigo de su familia en un pueblo de Trujillo. Pasamos horas jugando a los soldados.  Nos llevamos los uniformes verdes (cosa que teníamos prohibido por supuesto) y nos escondimos por el monte fantaseando con camuflaje y emboscadas. Mi amigo tenía una escopeta de aire que disparaba balines de plomo. Nada demasiado peligroso. Un juguete, al igual que los uniformes del Ayacucho, al igual que nosotros. Por suerte éramos malísimos disparando y nunca le dimos a ningún pajarito.

Ila Nieves

Los muchachos de la esquina
Mi abuela decía que el 23 no es bueno para criar varones. Y yo creo que tenía razón. Por ejemplo, los muchachos de la esquina del bloque tenían una pistola. Yo los conocí a través de un primo que si vivía ahí. Yo iba sólo en períodos cortos. Fines de semana, algunos días a almorzar o a visitar a mi viejita. En la esquina era como para hablar de cosas triviales y medir fuerzas. Uno de los pasatiempos más anormales y emocionantes que tenían los muchachos, era encaramarse en la azotea del bloque 01 a lanzarle piedras a las patrullas que se estacionaban en el Rincón del Taxista. Adrenalina pura, porque aquellos empezaban a disparar hacia arriba y entonces desde arriba los otros no tan muchachos, les respondían con plomo. Y lo peor, nadie preguntaba cómo empezó ni nada. Yo no entendía mucho, pero eran pruebas que te ponían los muchachos. Entonces fue. Un día después de que mi abuela me diera comida. Llegando a la esquina. Los muchachos tenían una pistola. Entonces la tristeza. Mi abuela tenía razón, el 23 no es bueno para criar varones. Al menos yo tenía otra casa donde ir a vivir. Mi primo no.

La academia militar y los fusiles de verdad
Entrar a la academia fue algo así como un regreso. O al menos eso creí, cuando faltando poco para graduarme de bachiller decidí que era lo único que estaba capacitado para hacer bien. Con esa decisión le pasé por encima a mi afición por la guitarra, a escribir periódicos para la familia o a hacer obras de teatro en inglés con mis compañeros de liceo. También me llevé por delante mi pasión por la artes marciales y la literatura fantástica. Mis habilidades para la matemática y mis coqueteos con la gente de humanidades. Mi amor por la montaña y la conservación de la vida silvestre. Los animales, las matas y los misterios de la vida de campo tan cerca y tan lejos. Incluso mi habilidad para ayudar a los otros a aprender cosas. Así que, apenas llegué me asignaron dos fusiles que vivían en un sitio que llaman parque. Uno viejo como el del liceo para los desfiles y un FAL para aprendérmelo y disparar. Qué esperaba, no sé, pero acaso se sabe algo a cabalidad alguna vez ¿Qué sabe uno a los diecisiete? Entonces ahí, justo ahí, después de superar todas las pruebas, cuando comprobé que si podía lograrlo, cuando ya estaba en el medio, uniformado, armado, bien ubicado en una escala jerárquica desde la cual podía incluso darle ordenes a mis compañeros, me deshice. Tal cual, me desbaraté. Pasar la vida dando y recibiendo ordenes. Compitiendo en todas las dimensiones de mi persona. Estudiando para ejercer la violencia, física, mental, psicológica. Pensarme para vencer al otro, porque sino para qué. Sobretodo agotado por el peso simbólico, y desbordado completamente por las posibilidades reales de matar, entonces ahí no me gusto más, me aborreció. Y creí ver finalmente desvanecerse mi gusto por las armas.

Ila Nieves

Gris plomo
Cómo se escapa de uno mismo, de lo que hicieron de uno. Entre los años 2000 y 2002 ubico un tiempo en el cual intenté exorcizar la violencia a través de mis obras. Aunque para algunos era muy literal, yo quería espantar esos años míos de complicidad con las armas. Esos días al igual que ahora, el país atravesaba una etapa violenta. El fantasma de las detonaciones y los caídos eran como lo son ahora, algo tangible, una sombra tan gruesa que uno literalmente no tiene como apartarla para seguir adelante. Aquellas obras pretendían reflexión sobre todo ello. Lo mío y lo de todos. Qué tristeza comprobar que las preguntas siguen intactas, porque ¿Hasta dónde puede llegar la indolencia ante tanta violencia? Desde aquí puedo comprender el ímpetu, la persistencia de los ideales, incluso las pistolitas de plástico que usamos en Gris Plomo que era una obra nuestra. Lo que aun no puedo comprender es cómo habiendo escapado de donde vine, sigo entrampado entre quienes se regocijan en la muerte y el dolor de los otros. Quienes quiera que sean esos otros. Cómo poner en duda la sangre y seguir pensándose creadores. 
Rafael Nieves

lunes, 1 de mayo de 2017

Caracas Roja Laboratorio

portada
programa
1. Hemos pasado años manteniendo un espacio donde la prioridad ha sido siempre el cuerpo y su expresión a través de la danza. También ha sido un lugar privilegiado para el encuentro y la convivencia. Un espacio para el reconocimiento del otro a través de nosotros mismos, desde el cual se ha manifestado constantemente nuestra visión de mundo. Animados sobre todo por los afectos y la necesidad de resistir los embates de la realidad. Ella que nos dice que no y nosotros que decimos: Danza.

El tiempo que nos tocó vivir fue este, no otro. Hemos realizado esfuerzos infinitos para no permitir que se nos escape. La danza, que es tan hermosa y esquiva. La hemos compartido sin reserva, guardamos muy poco para nosotros. Solamente lo necesario para vivir. Y aun de esa pequeña porción continuamos sacando esquejes, a la espera de seguir retallando.

Caracas Roja Laboratorio surgió por la necesidad de tener una forma de asociarnos con el mundo y que este nos reconociera. También porque Hilse y yo entendimos que mientras nos pensaran por separado, iba a ser difícil obtener el apoyo y el respeto que sentíamos ameritaba nuestro trabajo. El que pensábamos construir. Pero también surgió por una casualidad, o mejor una causalidad.

2. Durante finales del año 1999 e inicios del 2000, me dispuse a realizar un espectáculo unipersonal a partir de obras de otros. En total eran tres solos de danza y un monólogo escrito especialmente para la obra por Rubén el hermano de Hilse. El espectáculo estaba pensado para ser presentado con la gente sentada alrededor, es decir con las sillas sobre el escenario. También en medio de dos de los solos iban insertados dos trabajos audiovisuales de manufactura casi totalmente casera que hilaban la historia de aquel personaje. La trama no era muy compleja, se trataba sobre un chico de la calle vestido de jean y franela blanca que al parecer le quedaba mal a una banda y terminaba muerto. De hecho cuando el público entraba ya estaba tirado en el piso rodeado por ese dibujo de tiza blanco con que siluetean los cuerpos caídos en las películas. Así que después de leer una crónica policial iluminado con una caja de fósforos, me dedicaba a danzar con furia escena tras escena hasta que en el monólogo final me apuntaba a mí mismo con una pistola y terminaba tirado donde había comenzado. La obra no necesitaba muchos recursos pero como es de imaginar cualquier ayuda nunca estaba de más. Sobre todo porque la estábamos haciendo a título personal, con dinero de nuestros bolsillos y con mucha ayuda de los amigos. Durante las semanas previas al estreno, una amiga que trabajaba en la dirección de danza del extinto CONAC, nos propuso que registráramos una agrupación y que aplicáramos para un subsidio del estado. A nosotros la idea nos ilusionó (nunca habíamos pensado en hacer un grupo) y enseguida nos pusimos con los recaudos, pero teníamos un problema enorme: el nombre.

contraportada
programa

No recuerdo cuanto tiempo nos tomó. Lo único que teníamos claro era que no deseábamos llamarla Compañía de Danza, ya que eso nos sonaba extremadamente formal y no nos ayudaba a enunciar las distintas posibilidades que se nos podrían plantear a través de la creación. Aunque en ese momento no sabíamos con exactitud qué queríamos hacer específicamente, entendíamos que debía pasar por el riesgo y la exploración desde el cuerpo. Yo sabía además que tendría que poder poner en ese formato todo el universo de cosas que se nos ocurriera, tal como de hecho ha pasado. De manera que la primera idea/palabra que se nos apareció fue: Laboratorio.

Con Hilse tenemos un juego de toma y dame infinito. Como una tormenta de ideas que puede durar días. Así estamos claros que si nos cruzamos para hablar de algo, siempre estará presente ese tema pendiente. Pero aquel tiempo para elegir nombre se nos agotó dramáticamente. Me parece recordar que el período para introducir los papeles se esfumó y aunque nos dieron prórroga, la vida se nos anegó entre la construcción del documento constitutivo, el registro legal y cosas por el estilo.

Todo en medio de la locura, al mismo tiempo de la producción del espectáculo: Caracas Roja: Crónica, al cual como es ya obvio le robamos una parte para que quedara simplemente como Crónica, y tener un nombre para nuestro laboratorio.

3. Así es cómo desde el inicio y desde la complicidad con su primer espectáculo, nuestra agrupación pretendía asumir una crítica responsable sobre el tema de la violencia en nuestra ciudad. Aunque a decir verdad, no siempre todo nos sale como nos gustaría. Y habiendo pasado tanta agua bajo el puente, he de reconocer que no todo el tiempo decimos lo que queremos, ni con la propiedad que deseamos. Sobre todo cuando operamos desde la imagen o la metáfora o la abstracción. Aquella primera vez nuestro espectáculo quedó muy bien. Pero siendo sincero, el tiempo me enseñó que la mejor forma de criticar la violencia es alejándome de ella. Que los límites entre la crítica y la apología son muy endebles, sobre todo si el discurso opera desde lenguajes tan bellamente construidos como los que se pueden constituir desde el cuerpo y la danza.

Crónica
 por José Carlos Gómez

Cuando me asomo a la ventana de aquellos años, creo que además de ingeniosos y enérgicos, fuimos también muy ingenuos. Y quizás todavía lo somos. Sin darnos cuenta nuestros discursos son fácilmente asimilables por otras fuerzas, para nosotros impredecibles. Casi siempre estas fuerzas hacen uso de nuestro ímpetu y talento. De las ganas de crear y hacer vida en la danza. Eso me parece que no ha cambiado mucho. En lo particular, no me arrepiento de todo lo danzado, de nada de lo vivido. Pero me he prometido a mi mismo no ser más el caballo de batalla de aquellos que no teniendo como exhibir logros, están eternamente a la caza de incautos. No podemos seguir siendo incapaces de leer más allá de nuestro bienestar personal y disfrute.

Así que desde este cuerpo mío, he decidido dejarme en paz y declarar con toda voluntad que mi compromiso es por sobre todas las cosas con la danza. Y con mi familia. Y con los afectos que siempre están constituyéndose desde la coherencia. Por ahora cualquier otra oferta debe esperar por otro cuerpo que no sea el mío, que sólo desea reconocerse en aquellos con los que puede estar en resonancia.

Rafael Nieves

lunes, 24 de abril de 2017

Quién Sabe

La mayor parte de mi infancia y juventud transcurrió a la orilla de un río. Ese apartamento es lo primero que recuerdo como hasta los 4 años. Después pasaron unos 5 años de vida loca. Un largo interludio de escaramuzas y forcejeos familiares que terminaron depositándome nuevamente en casa de mi papá cuando ya tenía 9, donde viví afortunadamente al menos 10 años más. De hecho si me preguntan, ese tiempo y ese hogar es lo que se podría entender como mi casa. Reconocer esto, me llevó mis 45 completos. Y no ha sido fácil. Tengo más de una hora escribiendo este párrafo.

archivo personal

Cuando digo río no evoco una imagen bucólica de corrientes, piedras lisas y cascadas. El mío es una larga canal de concreto que atraviesa de un extremo a otro mi pueblo, mi ciudad pequeña. Terminé mis estudios primarios y la secundaria sin salir de ahí. De hecho cuando estuve en un internado militar fue dentro de la misma zona. Ahí ayudaba a hacer mercado en el Cada, al frente de mi edificio estaba el Seguro Social donde vacunaban, me veían los dientes e incluso me llevaron por primera vez al sicólogo, también como a los 9. La capilla quedaba a una cuadra y en el zoológico que estaba un poquito más allá, reforcé mi amor a las matas y los animales silvestres. Al frente del parque estaba la única discoteca. La Roca Negra, perfecta para los besos en penumbra y un Cubalibre aguao, que era para lo que alcanzaba.

Después vino el metro y era más fácil ir para Caracas.

Pero para qué si estaban los estadios para los beisbolistas y la cancha del bloque para el futbol, el básquet y la pelotica de goma. Al menos para intentarlo y fracasar. Y por supuesto en la noche también estaban los banquitos y el estacionamiento para el amor. Otras noches el tío de una vecinita bella bajaba la guitarra y nos enseñaba a los que éramos malos con los balones. Teníamos unos postes y una mata de eucalipto enorme. De grandes nos dio por jugar a las escondidas y duraban horas las partidas, de lo que fuera. Y los gritos, silbidos y contraseñas de las madres porque la cena estaba lista. Y algunos, -coño mamá no me digas así que me da pena-.

Todo esto a la orillas del río. Para imaginárselo, tendrías que pensarlo desde arriba. Entonces el bloque se vería como una cruz de concreto y al lado izquierdo un estacionamiento al descampado donde no cabían los invitados. Más abajo del estacionamiento una cancha múltiple que casi siempre era futbolito que yo no jugaba, incluido los campeonatos con otros bloques que la mayoría de las veces terminaba en batalla campal. En esas sí estaba. Al lado de la cancha la placita y el eucalipto y el parquecito de tierra para jugar metras. Ahora, más abajo de la cancha y la plaza se extendía un pequeño cerrito siempre lleno de monte y después, antes de llegar a la acera y la calle, el canal de concreto del río.

mi casa

Yo creo, nunca he averiguado bien, que es un afluente de la rama principal. Un chorrito muy pequeño en tiempos secos, bastante más grande cuando llueve mucho. Si uno lo ve desde la acera se notan esos ductos también de concreto que vierten las aguas negras. Es muy raro porque entendiendo que esas aguas salen de cada bloque, uno esperaría que fuese de mayor en tamaño. Pero no lo son tanto. Eso sí, nunca dejan de fluir, nunca paran. Otra cosa interesante es que a veces uno podía ver cosas enteras saliendo de esas cloacas. Realmente, debo confesarlo, es asqueroso. Pero eso era mi río. Un chorrito pequeño pero continuo de mierda no tan pura, que recorría conmigo el camino para ir a comprar el pan o las mañanas de los fines de semana para cuidar mi parque o mis desdichadas despedidas de domingo en la noche antes de irme al liceo militar o a colearme con mis amigos en el cine los lunes a las 11, en la última función de cualquier película con tal que fuese clase C.

Que puedo decir. Inevitable sacarla de jonrón de la cancha y que la pelota se perdiera en el monte o se fuera para el río. Y la verdad nunca se la llevaba la corriente. Así era de flojito. Entonces era hacerse la idea de ir a lavarla o mentirle a los amigos para que no se cayera el ritmo de la partida. Entonces ibas y la arrastrabas con el pie en tierra seca y nadie se daba cuenta o al menos se hacían los locos porque iban ganando, o ya estaban acostumbrados. Aunque siempre le quedaba un poco el olor.

En todo caso me resisto a pensar que alguien sea menos porque pise el Guaire. Nosotros por ejemplo, teníamos una especie de atajo para ahorrar camino saliendo del edificio. Era un camino de tierra por el cerrito que estaba al lado de la cancha, como un caminito donde no había monte. Entonces tenías que agarrar velocidad bajando, y del cerrito seguir de una vez a la canal de concreto y en el momento adecuado saltar el río. Casi como un videojuego o una carrera de obstáculos. Después no podías frenar porque perdías el impulso para subir la canal y llegar a la acera. Lo siento pero era muy divertido. Aunque no tanto cuando ibas a la escuela y por supuesto alguna vez calculabas mal y metías el pie en la mierda. Más de una vez alguno cayó sentado y nos reímos, y él se rió, y lo seguimos queriendo, y se tuvo que regresar a su casa, y la mamá ardió en llamas, y también la quisimos, y quizás llegó tarde o con la manga del pantalón putrefacta, pero por eso nunca dejó de ser digno, y de batear mejor que yo, o de saber bailar salsa, o levantar más jevitas, o ser más estudioso, etc, etc, amén.

Algunas viejitas del edificio decían que eso daba suerte, quién sabe. 
Tal vez sólo lo decían porque lo veían a uno llorando.

Ila Nieves

Yo en cambio, recuerdo cuando un poco asustado me monté solo por primera vez en una camionetica para que me llevara al centro. O cuando la novia me dejó. O cuando me fui de la Academia Militar. O cuando discutí por última vez con mi viejo. O cuando simplemente iba pensando, pensando. Recuerdo que siempre trataba de agarrar el asiento de la ventana y con la cabeza recostada en el vidrio, irme alejando cada vez más de mi casa. Y sin ningún tipo de asco, ir siguiendo con la mirada el recorrido del río. 

Rafael Nieves

lunes, 17 de abril de 2017

Antes que nos agarre la noche

Tengo la idea bastante bizarra de que entre mis funciones como persona está la de expandir el alcance de la noción de cuerpo. Colaborar de algún modo en la construcción constante sobre la que se constituyen las ideas que nos completan como individuos, como seres dotados de expresión. Lo escalofriante de esta idea radica en parte en identificar cuándo o a partir de qué me siento o comencé a sentirme urgido por dar mi opinión sobre lo que acontece en los cuerpos. En qué momento el ejercicio de la danza se deslizó desde el mero y muy auténtico disfrute por el acondicionamiento, estudio y construcción de discursos desde la danza, hacia esta suerte de compromiso total con la forma en que habitamos, que somos en el mundo.

Ila Nieves

Si es que podemos al menos acordar que para ser en el mundo, todavía, aun en este tiempo, es necesario ante todo primerísima y fundamentalmente, ser cuerpo. Incluso como espacio desde el cual se pueda constituir cualquier posibilidad metafísica.

El hecho es que ese compromiso, me hace inevitable el establecer constantemente vínculos entre lo que somos y nuestra muy probable capacidad expresiva. Más allá de los manuales de lenguaje corporal. Donde una posible síntesis nos colisione directamente y sin evasivas, sobre lo que hacemos en y desde nuestro cuerpo. Y en el cuerpo del otro. La danza desde esa perspectiva se transforma en una opción poderosa. Una opción de compromiso. Donde cada elaboración, donde cualquier tipo de experiencia se traduce simplemente en posibilidad de ser. Quizás a  esto es a lo que se le llama vivir en la danza, pero también podría ser fácilmente otra cosa más grande, más abarcadora.

archivo personal

Es desde esta conciencia donde muchas veces me pregunto cómo es posible que exista la opción de enajenación sobre el cuerpo del otro. En dos platos: la violencia física. El envilecimiento de los seres a través de la dominación del otro y el maltrato. Y de repente es como si la historia universal entera, estuviese escrita en torno al ejercicio del poder y la imposición de la fuerza, pero ya no de las ideas, ni de las comprensiones de mundo, sino estrictamente sobre los otros cuerpos. Algo que podría traducirse como cuerpos tratando de ser más aptos para ejercer el dominio de la historia por la fuerza. Y a través del dolor y del miedo construir una historia sobre cuerpos violentados, agredidos, mutilados. Montones de cuerpos, viviendo al descampado.

Si se piensa bien tenemos como civilización, digo, existen distintas estructuras para el desagravio de tipo legal, jurídico, intelectual, económico, social, psicológico, político, esotérico. Pero ¿dónde se reconcilian los cuerpos? Dónde cabe, esa cosa bizarra, esta locura que se me ocurrió de pensar la danza como espacio posible para la constitución de múltiples ideas de cuerpo. Dónde tendría que estar ese cuerpo adolorido, vejado, necesitado de un lugar para ser; y si esto del cuerpo como espacio del ser por excelencia es real, entonces cualquier agravio para ser exorcizado en nosotros como gentes, debe salir de nuestra piel, de los músculos y tendones, y huesos, y órganos, todos sensibles.

archivo personal

No me quedan respuestas, sólo tengo la danza pero creo que es necesario pensar juntos desde ya en esto. Buscar cómo sanar, antes que nos agarre la noche y a todos estos dolores se le sume el hambre, el frío y el cansancio de vivir al descampado.

Rafael Nieves



lunes, 10 de abril de 2017

El tiempo de los diablos

Hoy amanecí por partes, que es algo así cómo dormir despierto. Cómo un tiempo que transcurre sin contarse, y las distancias y las realidades cambian, se vuelven maleables. O al menos eso parece, porque también es posible que esa sensación de control aparente sea todo lo contrario y lo que termine manifestándose justo ahí, es todo eso que somos y no vemos o no queremos ser.

Ila Nieves

Mi experiencia hoy consistió en tratar de convencerme a mí mismo que yo no era yo, en tratar de desprenderme. Y así en la distancia, dar cuenta de los cambios. Mis cambios. Aunque si quiero ser sincero debo aceptar que ya los sabía. De una u otra forma siempre los sé, pero en ese estado flotante se me hacen más evidentes. Lo interesante aunque parezca tonto, es que desde ese momento, no paro de extrañarme.

Por cierto, algo que me desconcierta es darme cuenta lo fácil que se me hace mentirme a mí mismo. Es decir lo normal que se me puede hacer engañarme. Mucho más que mentir a los demás. Podría ser porque hacia los otros opera una suerte de ética del cuidado que me exige procurar claridad, empatía a través de certezas. Algo así como que si pienso que soy un desastre, que se sepa y listo. Desde ahí construir. Pero en cambio en ese yo/conmigo opera otra cosa, algo que no es tan claro. Mucho más sutil. Como una especie de sesgo, que me hace creer que mantener un entorno aparentemente equilibrado, es útil, y es bueno, y es sabio.

archivo personal

Retomando, el hecho es que la idea que tengo de mí termina siendo extraña a mis propios ojos. Y me pregunto qué tanto del cuidado hacia el otro, de esa ética para la supervivencia de los afectos, va haciendo de mí un extraño. Porque la verdad, a veces, me desconozco. Sobre todo en esos momentos cuando puedo regresar por partes. Cuando parece que duermo pero ya puedo hablarme. Justo ahí, aparecen esos yo - otros. Como si el hecho de visualizarme desprendido, como un otro, me adosara a la norma del cuidado y entonces pienso que si tuviera el mismo cuidado que tengo por los otros conmigo, no me sentiría tan extraño. Pero quizás entonces mi vida y las de los que están en mi entorno sería el infierno. Y yo Satán.

De manera que mantenerme encerrado y convencido del bienestar de los otros antepuesto a mis pulsiones hace más fácil mi existencia y justifica una cantidad enorme de razonamientos truchos. Quién sabe cuántas falacias. Pero entonces en realidad ¿Quién soy yo?

Grupo de Rescate Conservacionista
"Anaconda" junio 1984 
Me gusta pensar que la danza es una respuesta. Me gusta sentir que desde ahí puedo cerrar los ojos y liberar esos yo - otros. Incluso que estando ahí, en el acontecimiento, puedo ser egoísta. Eso, que cuando danzo puedo ser malo. Y dejar que otro lo explique y encontrar la complicidad de otros diablos. De esta manera es que hoy y aquí, tengo que disfrutar del sueño, que no es fantasía sino realidad distinta. Que se mide diferente, con otra duración y en otra parte. Y se me hace más obvio que no puedo ser así después despierto, ni en todo lugar, ni con cualquiera. Porque cuando danzo es como ese tiempo que corre solo. Cómo cuando duermo y estoy despierto, y siento más, y creo más, y deseo más, y soy más. Y tengo más fuerza, y soy más ágil, y mi mente está suelta. Y no tengo que cuidar a nadie que no sueñe, y menos si necesita que yo sea bueno, y útil, y sabio.

Rafael Nieves



lunes, 3 de abril de 2017

Lejos

No tengo duda del alcance de las palabras pero si tuviese que explicarme, si me dejaras hablarte y fuese mi única oportunidad, preferiría hacerlo danzando. De otro modo estoy seguro que no podría alcanzarte y esto que soy probablemente quedaría incompleto.

Ila Nieves
Si estás leyendo esta carta es porque seguramente no he podido encontrarte. Me imagino aguzando la vista por entre los telones como hacíamos antes de cada función, espiando desde la oscuridad a quienes habíamos logrado convocar a nuestra obra. Ese juego infantil que nos permitimos juntos tantas veces como pudimos, antes de cada estreno, antes de cada celebración de la vida que fue cada danza nuestra. Porque sin importar el tema o la dificultad de cada pieza, sabíamos que ya no estaría el espejo ni la siguiente pasada. Que lo que se venía era la revelación definitiva y queríamos saber quiénes serían nuestros cómplices.

Recuerdo el vértigo de la luz apagada y el anuncio grabado por algún actor desconocido o la voz de un amigo que desde la cabina se había prestado también para el juego. Ese amigo que sabía que entre sus responsabilidades estaba curiosear hecho el loco quién había venido a vernos. Quién había pagado su entrada. Ese amigo que ejercía con orgullo su rol de dueño y señor de los pases de cortesía. Recuerdo también como te antojabas tontamente de ir a orinar justamente cuando sonaba el timbre con el que dejaban entrar a la gente y cómo era un alivio que en esta obra no me dio por empezar con telón abierto. Cómo si eso alguna vez te hubiese espantado. Por lo menos la música de espera lograba disimular el ruido de la poceta del camerino o el portazo distraído al salir del baño al lado de escenario. Bueno, eso era lo que me gustaba pensar.

archivo personal

Recuerdo también la sensación de encierro de los escenarios que no tenían salida sino por enfrente, una especie de fobia de ascensor con el agravante de miedo escénico y ataque paralizante de pánico. Mirando grabaciones viejas he ido descubriendo todos esos momentos en que inventaste tus propios pasos cuando yo estaba pendiente de otra cosa. Y me he estado preguntando si se te olvidaban o era una forma de expresar tu inconformidad con la obra o era simplemente la manera rebelde en que se manifestaba tu tendencia irreversible hacia la danza improvisada. Lo malo es que como los demás no sabíamos nada de esas inclinaciones tuyas a la expresión más espontánea, se evidenciaban aún más los rumores acerca de cómo te favorecía siempre haciéndote solista en mis trabajos.

Por otro lado, si estás leyendo esto también puede significar que hoy no he podido danzar para ti, que es una de las cosas que más me gusta. Porque creo que es como más me entiendes, si es que eso es posible. Si es así, no he podido acontecer contigo y nuestra forma de encuentro se da a través de las palabras. Quiero entonces aprovechar para comunicarte que seguramente pronto tendrás noticias mías, que de alguna forma te voy a convencer para que vengas a verme. Porque ir a la danza es amarnos un poco, así sea de lejos. De lejos y entre muchos. Perdernos para volver a encontrarnos y ser felices.

Y me pregunto si cuando lees esto recuerdas. Los ensayos, las funciones, las salidas al mundo y los regresos a casa.

periódico De Todo, viernes 24 de octubre del 2000

Pero la verdad hoy ya no me importa, pero no importa sólo por este día. Porque aunque no estemos descalzos y no estemos húmedos, ni adoloridos, ni cansados, aunque ya ni siquiera recuerdes y lo sientas ya muy lejos, hoy, sigues aquí conmigo celebrando este momento escrito de danza. 

Y éste, que es mi mango verde número cincuenta.
Rafael Nieves

lunes, 27 de marzo de 2017

El hogar de mis certezas

Aun no me queda claro como llegué finalmente a la danza. Eso sí, tengo un montón de cuentos que voy adaptando dependiendo del día o de mi estado de ánimo. En algunos llego a ella como por arte de magia o más bien como extraviado, algo así como una aparición, un espanto que asusta por primera vez. En cambio hay otros donde me voy deslizando suavecito, de manera muy fluida, hasta llegar a ser yo. Y cuando digo yo, me gusta pensar danza.

Ila Nieves

Si se mira con el debido cuidado, el asunto de la membresía en la danza tiene sus sutilezas. De hecho pienso que es más fácil ser de la danza si no se es de más nada. Se podría pensar que esto se debe a la capacidad que tienen ciertos individuos para poner toda su atención sobre ella, pero la realidad es que también reconocemos como gente de danza a algunos que sin esforzarse tanto pululan entre salones y ensayos o cafetines, sin llegar nunca a danzar o a escribir o a construir la danza desde otros posibles. Es decir así como tenemos nuestra gente hacendosa, disciplinada y trabajadora, también tenemos nuestros vagos. Bueno y qué le vamos a hacer, son los vago de uno.

archivo personal
Para tratar de explicar mi filiación particular, debo asumir con total responsabilidad que he tratado de serle todo lo infiel que he podido sin mancillarla, sin pretender ultrajarla y sobretodo sin incurrir en el abandono o en la desidia. Es como tratar de vivir todo lo que está al alcance de este cuerpito y esta cabeza mía, pero llevándola siempre conmigo. Y sólo con un esfuerzo extraordinario se me ha permitido mudarme a ese territorio privilegiado que es vivir desde el cuerpo. Ser siervo de la danza. Mi certificación, mi legitimidad sólo me la otorga el hecho de que ella me anteceda y me reconozca. Mis otras muchas identidades sólo adquieren sentido si se interpretan a partir de ese ser bailarín. He llegado incluso a pensar que sin la danza yo no soy.

Mi tiempo haciendo parte de esta legión me ha permitido presenciar el exilio de los cuerpos. El doloroso destierro de aquellos que no se desean a sí mismos más como bailarines o coreógrafos o lo que sea. Pero incluso así, desde mi experiencia y mi memoria, hacen parte de la danza. Como si esas personas se hubieran escindido y tuviesen algún otro yo bailarín habitando algún salón, usando ropa holgada y andando con los pies descalzos. Algo así, como un diálogo entre tiempos distintos. Alguien que sabe lo que es rodar por el piso o que te duelan los pies o que necesites más de una muda de ropa íntima al día, así ya su yo presente no mantenga ninguno de esos hábitos e incluso en algunos casos observe con distancia o desdén nuestra forma de vivir.

IUDET 1992
También disfruto ver cuerpos nuevos. Me gusta presenciar cómo se van haciendo parte, cómo se van incorporando. Obviamente en algunos casos envidio lo fácil de la vida simple, de la entrega automática y desprevenida al universo de la danza. Aunque eso de ser fácil en la danza muchas veces haga difícil el tránsito por la vida común. Pero igual, sinceramente son un encanto. Y los ves y ya, no hay duda, son parte de la danza. Sin más, sólo entrega y sudor y cansancio y franelitas recortadas y pies con ampollas.

Es así entonces como además de nuestros vagos y nuestros esforzados, nuestros detractores y amantes, nuestros poetas, intelectuales o iletrados, los sensibles y los guerreros, los muy dotados y los eternos repitientes, también así tenemos nuestros santos y maestros. Y a ellos les pedimos nos den fuerza y nos guíen, porque el problema no es que la danza no sea más o deje de ser, porque ella siempre se encenderá como chispa allá donde hayan cuerpos y ganas y mundos para ser danzados. Si debemos pedir por algo, que sea por tener la oportunidad de seguir siendo parte, de seguir buscando, encontrando y compartiendo el sentido de la libertad de los cuerpos en movimiento. Que los nuestros nos iluminen y que su vida sea certeza de que vale bien este tránsito, que la danza siempre será nuestra casa, un hogar donde hacernos fuertes y confortarnos.
Rafael Nieves