martes, 24 de abril de 2018

Itinerario



Hija
La vida está en otra parte. Donde tú y yo nos encontramos. Y donde amar es tu nombre disfrazado de brisa fresca y hojas secas por el sol.

De regreso
Con nuestra amiga devolví algunas cosas que no me parecieron imprescindibles. Un pedal de música y unas cartas que tenía para vender. Una pelota con la que quería retomar el acto de malabar y un libro de ética que sí me dolió un poco. También unos discos y unos libros que llevaba como regalo. Un pañito azul, una franela gris y una correa negra. Lo demás no lo recuerdo y la verdad nada es tan importante. Por un momento tuve entre las manos los libros de Bachelard y esos botines de gamuza que tanto me gustan. Nuestra amiga me convenció afortunadamente de ponerme las dos chaquetas. Los zapatos los puse en el bolso de mano, el cual quedó endemoniadamente pesado, y seguí abrazando todo el camino una bolsita plástica con los libros, incluyendo ese otro tan querido que me regalaste en mi cumpleaños. Olvidaba decir que también tuve que devolver mi pantalón de cuero negro. Lo cual es una lástima porque hubiese regresado conmigo al sitio de donde lo traje. Esto me hizo pensar que todo siempre regresa, aunque tal vez este no era el momento oportuno.

Volando
Sentado entre las nubes pude pensar en todas esas cosas que te gustan. Recordé por ejemplo cómo te gusta que te explique cada pequeña cosa. Cosas sencillas como cerrar la ventanilla (siempre tuya por supuesto) y ajustar la mesita de enfrente. El deleite de verte tratando de comprender ese sistema en el cual hay que empujar hacia atrás con la espalda al tiempo que pulsamos el botón en el posa-brazos para poder reclinar la butaca. Darte detalles acerca de ese otro sobrecito de polvo blanco que no es azúcar y se llama crema para el café. También pude imaginar largamente, más bien recordar, cómo sostienes mi cara entre tus manos pequeñas y hurgas distraídamente con los dedos entre mi barba. Un premio por prestarte atención y mirarnos directo a la cara cuando hablamos de todas esas maravillas en miniatura. Sin importar que esa atención tuya decline invariablemente hacia la conclusión de siempre, en la que me dices cuánto te gustan mis bigotes de gato.

La hora de comer
Tuve una vianda. Rellena de pollo y arroz. No estaba repleta, pero era muy feliz porque la cantidad era siempre suficiente. Nunca me cansaré de agradecerte por cómo cuidaste de nosotros. Esos días afortunados, en tres lugares distintos, tres viandas muy parecidas se abrían y la palabra gracias se dibujaba en nuestros rostros. Tres rostros satisfechos que en poco tiempo cerrarían tres viandas vacías y sucias. Nunca pude imaginar cómo serían nuestros manteles o el lugar exacto que cada uno elegiría para comer. Ni siquiera si alguno se tomaría el tiempo de recoger con los dedos, uno a uno lo granos de arroz restantes para no dejar desechos. Yo al menos, elegía siempre un lugar apartado, casi escondido. Donde no resultara inconveniente mi presencia u ofensivo el contenido de mi vianda. Pero por más que me escondiera o decidiera apartarme, nunca pude dejar de escuchar esas voces pequeñas que jugaban a empujones. Ni tampoco evitar preguntarme si ellos también tenían la suya o si tenían al menos alguien como tú, que pudiera ponerles tanto amor adentro.

Rafael Nieves


lunes, 9 de abril de 2018

Supraconsciencia


Goya
Me gusta llamar Trabajo de Contacto a cierta síntesis particular de experiencias e ideas bajo las cuales me he encontrado sumergido durante ya bastante tiempo. Esta me han permitido proyectarme tanto en el área de la creación como en la formación, entrenamiento y gran parte de los esfuerzos por darle una forma coherente a mis reflexiones. Estas prácticas se han constituido en un hervidero constante de preguntas, cuyas respuestas no siempre ebullen de manera totalmente acabada, ni mucho menos se transforman en axiomas o reglas que tiendan a una suerte de generalidad uniforme. Muchas veces estos vislumbramientos se dan en un ámbito tan íntimo que a tanto a mí como a mis compañeros de faena (muchos ocasionales, pero algunos pocos muy obstinadamente persistentes como yo), nos cuesta muchísimo exponer con palabras que sintamos adecuadas. De hecho hemos llegado a insinuar que es muy posible que estos hallazgos no tengan nombre, que probablemente no valga la pena colocárselo para no correr el riesgo de empobrecer la experiencia. Algunos días se asoma la idea de que estas respuestas que nos devuelve el cuerpo, son en verdad percepciones, sensaciones que antes de dejarse nominar, preferirían huir de nosotros. Abandonarnos por siempre. Es entonces ahí cuando surge la posibilidad de preguntarse acerca de qué es lo realmente importante, cuál es el enfoque indicado desde el cual sería posible aprehender aunque sea muy esquivamente el fenómeno y poder seguir siendo parte de él. Porque más allá de la forma en que cada cual vive su respuesta, independientemente de lo que cada uno pueda guardar para sí de la experiencia, está la necesidad de poder reproducir las condiciones para que esto ocurra de nuevo. La pregunta entonces podría ser ¿Cuáles son las vías a través de las cuales es posible crear las condiciones adecuadas para la vivencia de una experiencia que podíamos considerar como de Consciencia Sensorial Extendida desde las cualidades del tocar?

Mi respuesta es: El Trabajo de Contacto. Más que una fórmula mágica o algún tipo de compendio de ejercicios instrumentalizados para caer en trance, estoy inclinado a creer que se trata de una síntesis de disfrute y uso creativo de la imaginación sensorial. Y como es de esperarse, toca decir que sólo es posible reconocer enteramente de qué se trata a través de su práctica, de lo contrario quedaríamos limitados a una muy regular exposición de mi parte, de lo que debería ser un universo bastante variado de vivencias que se corresponden a la experiencia íntima de cada quien. Entonces por este medio solo resta asomarse a la intimidad de quien narra y se permite un acercamiento a esta vasta zona de penumbras, usando lo mejor que puede las pocas herramientas funcionales y por demás condicionantes que humildemente posee.

Mucho más cercano que la pretensión de generar una categoría, el nombre Trabajo de Contacto intenta (muy ingenuamente por cierto) mantener un vínculo con esa área tan conocida dentro del ámbito de la Danza Contemporánea como es la Improvisación de Contacto. En un esfuerzo bastante temerario he pretendido insinuar que aunque la improvisación como herramienta es fundamental en el ejercicio de esta forma de exploración, no lo es como punto focal o esencial. En el Trabajo de Contacto casi todo el tiempo se improvisa, pero no es una improvisación lo que se persigue como resultado final del contacto. Desde una noción más amplia el concepto de Trabajo nos coloca bajo la perspectiva de generar algo. Aunque producir en sí mismo tampoco es una respuesta, al menos deja por sentado que la intensión es extenderse un poco más allá de la composición de los cuerpos y su funcionalidad coreográfica. La producción que nos interesa aquí, no está reñida con la destreza en sí misma, sino que intenta proyectarse por encima de lo que representa simplemente el Baile. Hanni Ossott dixit. No se trata de arrebatar lo que de virtuoso y muy esforzado adquiere el cuerpo del bailarín con la práctica. No se trata de perder lo que de Baile tiene la Danza. Sino dedicarse a construir vías para la producción de un estado de consciencia extendido. Un acercamiento a otra forma de entender el universo desde lo corporal, otro cosmos. Otro espacio que se agranda y se disuelve ante el cuerpo suelto en percepción. Gigantes, los danzantes que tocan extienden sus redes por todo lo sentido, intuyendo otras posibilidades. Creando otros mundos. Entonces el Trabajo bajo la perspectiva del Trabajo de Contacto, es cuerpo queriendo ser otra cosa. Labrándose otra oportunidad de ser. Obrando un estado de Supraconsciencia. Entender la idea de Contacto aquí, es asumirlo como instrumento para ampliar esa consciencia por medio de la percepción sensible. Consciencia entendida como consciencia de mundo. Bajo la concreción del cuerpo en relación a todo lo que toca, los otros danzantes, los objetos, el piso, el aire, incluso el roce de su propia ropa o su propio cuerpo. Reconociendo que cada universo sensitivo personal se encuentra moldeado, posee hábitos y genera su propia representación a la que le asigna sentido. Y eso, para bien o para mal, más que entender es sentir. Y muy posiblemente nos deje mucho más cerca de nociones como intuir o imaginar. Y es de allí, desde ese lugar privilegiado, donde se accede a la Danza como experiencia de lo que tiene de posible el cuerpo para la expresión y el arte.

Constituirse desde esta experiencia nos acerca a la vida. Nos ofrece la posibilidad de retribuirle a nuestro entorno la multiplicidad de frecuencias en las que ésta se nos manifiesta. Nos enajena de la posibilidad de perdernos vacíos, errantes, porque la gama de sensaciones posibles que se desprenden de esa Consciencia Extendida de Cuerpo nos acercan a un conocimiento distinto del mundo. La expresión de una extremidad deviene poética. El torso se materializa en una dimensión donde la relación entre los extremos de nuestra columna son metáfora cambiante. La cabeza: astro. Nuestros pies, llamas flameantes. Nuestras manos agua, cielo, rayo. Espalda, frontera. Pecho: cobijo, casa, abrigo. Nuestros dedos, cosas sin nombre. Codos y rodillas, veredas; los muslos: campo. Cuello: mar.

Sólo somos por la gracia del otro. Cuando nos toca, nos hace y en ese instante tenemos más, y nos reconocemos como uno. Somos mejores, más bellos. Nos volvemos metáfora de deseo, de miedo, de sorpresa o de recuerdo. Nada peor que no ser tocado. Porque no nos sabemos, y nos creemos solos, y nos preguntamos ¿Qué es este piso? ¿Quién este techo? ¿Por qué tantas paredes?
Rafael Nieves

lunes, 19 de marzo de 2018

Perderse



Me gusta pensar que puedo encontrarme. Que tengo formas variadas de acercarme a mí mismo. Tratar de entenderme de maneras distintas. Como si dependiendo del enfoque pudiera considerarme alguien diferente. Pudiendo cada uno de mis pedazos formar parte del rompecabezas que soy. Incluso estando seguro que algunas de mis piezas se encuentran regadas por el suelo. Perdidas debajo de los muebles que antes eran blancos y tapizamos de negro. Con las puntas mordidas por mis loros o alguno de los hámster que siempre han tenido nombre de mujer. E incluso algunas partes, ya extraviadas definitivamente. Caídas por el balcón en algún arrebato de rabia, en cuyo caso puedes verlas si te asomas (ya descoloridas de tanto llevar sol), sobre el techo del vecino de abajo. Tiradas al bajante bajo alguna pulsión de limpieza, confundidas con otros retazos de cosas ya rotas y desechas. Húmedas, escurridas y vueltas a mojar en la lavadora, junto a la ropa de la danza que tanto se suda y se descompone. Sembradas, enmohecidas, putrefactas dentro del compós o los materos. Quizás alguna, seca, deshidratada, con la piel pegada al hueso como la pequeña lagartija que salió hecha fósil del estuche viejo de herramientas. Otra, enchumbada, caída en el inodoro, cual fantasía improbable de cepillo dental cualquiera. Atravesada, envuelta en cabellos y vellos púbicos, aglutinando desechos aborrecibles en el desagüe de la bañera. Oculta, mullida entre la lencería que guardamos para algún día que no supimos hasta que nos tuvimos que ir. Ágil, escurridiza, veloz, escapando desapercibida entre nuestros dedos cuando registramos impunemente la gaveta de los ganchos de pelo, entre sortijas, pulseras, collares, pinturas de uña, algodón suelto y lápices mongol. Ilustrada y muy interesante entre dos tomos de poesía venezolana contemporánea repetidos porque uno era para regalo. Detrás del vestuario de la obra aquella que tanto nos gustaba y que dejamos casi a mano esperando que saliera una última función o quién sabe, tal vez un remontaje. Cómoda, agazapada debajo de la cama donde nadie sabe cómo llegó porque hace años le quitamos las patas al box. Distraída entre los discos viejos, esperando otra vez esa canción, ignorante de la llegada del formato digital y el mp3. Inservible, tragada y regurgitada por mi perra, en un momento de ansiedad extrema. Divertida, confundida entre colores en la cesta de juguetes de la niña. Entre los retazos de tela sobrantes que alguna vez pudieron ser algo. Entre la multitud de papeles almacenados de cualquier manera en la peinadora o entre los muy organizados que están en los archivadores de acordeón. Detrás de los estuches de bandola, envuelta en motas de polvo y chiripas muertas. En los peroles del bañito. En la camita de Bazuka. Detrás de todos los comestibles y tazas y platos de los estantes. En un par de palabras mal dichas. Entre dos momentos muy malos. En alguna cosa que no debí haber hecho. En medio del bosque de frascos semi-llenos que habitan sobre la peinadora. O muy posiblemente en la maleta vieja, esperando desde hace tiempo que llegara el resto, amargada y solitaria porque sabe que le va a tocar en algún momento, ir a perderse en otra parte.
Rafael Nieves

lunes, 12 de marzo de 2018

Extraordinario



Casi todos los días pasan cosas extraordinarias. Algunas muy brillantes, otras, más bien opacas. Puede pasar que sólo al final de ese día o incluso muchos días después del evento sea cuando nos hagamos conscientes de estos fenómenos sobresalientes. Es posible que nos acurran algunas eventualidades que no identifiquemos nunca, que jamás nos parezca que ocupan un lugar dentro de nuestro registro. Sin embargo muchas de ellas, sepámoslo o no, es posible que se queden con nosotros, que se nos instalen dentro. A veces, somos capaces de captarlas en el momento y disfrutar de ellas, sin importar su sino. Estos eventos se transforman de manera inmediata en parte de nuestra trama, independientemente de cómo esté elaborado el argumento o el desenlace de ese último balance. Ese que una vez caído el velo sobre la vigilia, nos entrega al sueño como a una oscura versión nemotécnica. Un instante en que dichos eventos se magnifican o disuelven como gotas claras en agua turbia, se transmutan en experiencia vivida otra, con otro sabor y menos fatiga.

El pasado sábado tuve la fantástica y ambivalente oportunidad de experimentar de manera casi simultánea, dos de estos eventos extraordinarios. Al menos eso me pareció a mí desde la experiencia. Y es sólo hasta ahora cuando me detengo para registrar esas asociaciones inexplicables, que tanto me abundan. El primero consistió básicamente en realizar una charla en torno a la Imposibilidad de lo exacto, donde después de mucho imaginarlo pude, durante una hora y quince minutos conversar libremente sobre mi visión particular de la danza, leer tres fragmentos de escritos distintos extraídos de mi blog, tocar dos temas con bandola, uno con la kalimba, leer dos cuentos cortos propios y hacer dos improvisaciones libres, además de atreverme a usar una ruana y una máscara hechas por mí mismo. Todo junto y sin pausa. No estoy muy seguro de que haya quedado tan bien, pero sin duda es algo muy poco ordinario.

El segundo evento fue más simple. Me atreví por fin a abrirle un agujero más a mi cinturón marrón de cuero.

Este último evento, hablando con sinceridad, no tiene nada de original. Ni resulta, para ninguno de mis coterráneos algo demasiado particular en estos momentos. De hecho, el simbolismo que representa es tan común que posee una construcción verbal de uso cotidiano. Casi todos hemos pensado que estos son tiempos en que es necesario apretarse el cinturón. En mi caso, lo particular fue tomar consciencia del tiempo que tenía postergando dicho acto. Esto fue posible, obviamente debido a que tengo otro cinturón más. Uno negro. Pero la verdad, no era eso lo que me contenía de agujerear antes mi correa. Lo fue el hecho de que todos estos años he estado esperando no tener que hacerlo. La esperanza de recobrar la talla que me permitía usarlo antes, me había inhibido durante todo este tiempo de agarrar la correa y abrirle un hueco extra. Uno pequeño, solo lo suficientemente grande como para que entrara el palito de la hebilla. También tomé consciencia del esfuerzo que había representado para mí no hacerlo. En este momento necesitaría hacer un aparte para explicar lo difícil que ha sido diariamente, durante tanto tiempo usar solamente mi correa negra, independientemente del color de mis zapatos.

Un buen comienzo sería contar que mi padre me pagaba para que le lustrara los zapatos. Su oficio era comerciante, como bien atestigua mi partida de nacimiento expedida en la parroquia La Candelaria. Su trabajo, lo cual supe, era vender cosas de puerta en puerta. Alfombrado para la casa y pisos Conquer, puertas Multilock, obituarios y onomásticos para la prensa, y así hasta que nos perdimos el rastro. Sus utensilios eran como es de imaginar un maletín ejecutivo, pluma o lapicero marca Parker, flux, corbata y zapatos negros o marrones de acuerdo al traje. La correa variaba estrictamente de acuerdo al color del calzado. Eso no me lo dijo nadie. Lo aprendí jurungando su closet y observándolo atentamente cada mañana antes que se fuera tocar timbres para vender cerraduras. Eso, el agua de colonia Brut y el talco Jean Naté. Los zapatos pulcramente guardados aun en sus cajas respectivas, con esa especie de papel cebolla que se usa para que no se ensucien entre ellos. Entre las cajas como un objeto encantado, siempre aparecía como mudado mágicamente, un calzador metálico. Fascinante, y sobre todo útil porque mi papá prefería los mocasines, al parecer no le gustaban en absoluto tener que amarrarse las trenzas. En el closet suspendidas sobre la puerta, habitaba un bosque de corbatas, entre las cuales estaban las correas. Marrones y negras, delgadas como dictaba la moda. Con su lógica de organización de donde no escapaban los pañuelos y una única billetera sólo repuesta una vez cada cuatro o cinco años dependiendo de la calidad y me imagino que de su esposa que era quien lo ayudaba a mantener aquel orden. Lo mío era simplemente agrandar mi mesada, para lo cual también ejercía el oficio de lavar el carro.

Hace ya casi cuarenta años de aquel aprendizaje sobre indumentaria masculina, y me parece extraordinario que haya sido sólo hasta este sábado, cuando tuve consciencia de uno de los posibles orígenes de ese esfuerzo también extraordinario que ha representado para mí, no haberme podido poner en estos últimos y macabros años mi cinturón marrón, tal como lo dispone la regla. No es que yo no sea el de sandalias franciscanas y los zapatos de goma. Pero es que si me voy a poner los botines café que me compré hace tanto en Bogotá, debo asumir que hay algo mayor que mi voluntad que me impide no desear usar esa correa marrón de tan buen gusto que le hace juego. De manera que abrirle ese agujero extra, así sea matar la esperanza y aceptar que nada podrá cambiar en un buen tiempo, se me ha hecho lo mismo que recobrar aquel bosque fantástico de corbatas y mocasines de cuero. El olor a crema Cherry con trapo amarillo y jugar con cajas llenas de zapatos, que hoy me quedarían apretados porque llegué a tener el pie más grande. Y cómo no va a valer vestirme con gusto, combinarme cinturón y zapatos. Cuando mi público principal para ese primer evento (esa charla devenida en exhibición de medios mixtos unipersonal), ese, mi público más querido ha sido mi hijo grande, que aun siendo ya adulto, se permite acompañar a su viejo mientras habla hasta por los codos y se quita los zapatos como si fuera algo extraordinario.
Rafael Nieves

lunes, 5 de marzo de 2018

Algunas imprecisiones sobre la danza



He intentando discernir muy remotamente, casi con vergüenza, sobre nuestra incapacidad/capacidad para hacer teoría sobre el cuerpo en movimiento, o cumplir de manera más o menos acertada cierta función intelectual dentro del campo de la danza. Igualmente me he permitido ir estableciendo algunas consideraciones, muy libres, acerca de mi experiencia particular en el área. Téngase en cuenta que bajo ninguna circunstancia he pretendido establecer normas ni generalizar tanto como no sea, dentro de mi propio cuerpo y a partir de mi propia obra. Casi siempre desde la premisa de tributarme a mí mismo una suerte de comprensión primaria acerca de lo que ha sido mi práctica, que por demás ha ido nutriéndose de tales ejercicios imaginativos. Y he terminado por generar más obra. Este mecanismo opera básicamente por reacción. Como mecanismo de defensa. En el sentido concreto de mi práctica, el asociarme a instancias académicas (nunca administrativas), ha resultado en un ejercicio constante de supervivencia de los valores más básicos de la experiencia creadora. La racionalidad y el empeño avasallante de la instrumentalización del saber ha sido una sombra enorme, la cual hemos tenido que identificar progresivamente e ir buscándole sitio, para poder luego permitirnos revalorar nuestra experiencia y a los efectos, las maneras distintas en que se dan los diversos procesos de comprensión de nuestras prácticas como creadores asociados a las capacidades expresivas del cuerpo. Si de alguna forma, así sea remota, esta experiencia nuestra puede servir de faro para alguien interesado en dichos procesos, sea bienvenido. Si por el contrario este tipo de iniciativas le resultan innecesarias debido a la preponderancia de la práctica por sobre cualquier otra posibilidad, espero que al menos se permita disfrutar del tono en que están descritas. Pero eso sí, no pierda de vista que quizás cerca de usted hay alguien tomando nota. Alguien que muy posiblemente no haya podido acceder de primera mano a la experiencia directa de la danza, y se atribuirá la facultad para describirlo, para retratar su hacer e incluso tomar algunas decisiones, y con eso tendrá que conformarse.

Por mi parte, en este momento deseo limitarme a enumerar una serie de cuestiones sobre las cuales me es posible sustentar un acercamiento a mi propia práctica. Una lista para ver si algún día me entiendo.

1.    Sobre la dificultad para definir con exactitud la danza.
La necesidad de escapar del ámbito netamente racional en función de incorporar a la definición de cuerpo y expresión, dimensiones de comprensión relacionadas con el campo de las sensaciones, emociones e intuiciones.

2.  Sobre una posible definición de la danza partiendo de la descripción de una práctica concreta.
La importancia de la danza como espacio de vínculo del cuerpo con otras funcionalidades no utilitarias. La expresión como necesidad. Niveles distintos de relación con el otro y valoración expresiva de lo otro cotidiano.

3.    Sobre cuáles son las formas en que la danza puede decirse a sí misma.
La importancia de que las propuesta y discursos de la danza, le permitan expresarse con sus propias cualidades significantes. Las prácticas de la danza en sí mismas como su propia forma de asociarse con en el otro en niveles distintos de empatía y comprensión. La danza como una alegoría de sí misma. El habla del cuerpo y su decantación en lenguaje emotivo y sensorial.

4.    Sobre el trabajo de contacto como una forma específica de danza.
El contacto como forma concreta de realización del cuerpo y su conexión con lo otro desde lo sensible. La valoración del entorno como parte de la realización de la danza en cuanto a manifestación concreta.

5.    Sobre las formas de contacto.
El contacto cotidiano y las formas primarias de expresión del cuerpo como punto de partida para la danza. El cuerpo en movimiento desde el acto de percibir el mundo a través de la piel. La observación del cuerpo y la percepción general a través de los sentidos. La piel como órgano creador de realidad. La realidad sensible e imaginación.

6.    Sobre las especificidad de nuestra condición para estar sensiblemente en el mundo.
Los resultados posibles de las búsquedas que se dan desde el cuerpo en contacto. Hacia la develación de lo que somos según nuestra forma de tocar. El cuerpo tocado, y su capacidad para resonar y hacer obra. La obra de danza como discurso trascendente del cuerpo en contacto con la totalidad de las cosas.

La verdad es que hacer esta lista me ha dejado en estado de agotamiento extremo. Más que ayudarme a organizar una comprensión de mi danza, siento haber realizado una lista de deseos. No imagino el tiempo y el esfuerzo que puede llevarme definir todas esas cosas. Mejor será transcribirla en una hoja en blanco y pegarle candela con la llama de una vela. Esparcir sus cenizas desde la ventana, procurando no espantar a los pájaros. Quizás así se cumplan o se me ocurra algo mejor que hacer mientras no estoy bailando.

Rafael Nieves


lunes, 26 de febrero de 2018

Tocar



Tendríamos que poder extendernos todo lo necesario sobre la materia que nos importa. Encontrar múltiples formas para regodearnos infinitamente en los materiales sensibles a nuestros intereses. Honrarnos desde lo profundo en nuestra capacidad para acceder a nosotros de todas las maneras posibles. Incluso sobrepasando nuestra capacidad de reconocernos. Es decir, llegando inclusive más allá de la posibilidad de comprendernos a nosotros mismos. Fallar y volver a empezar en el intento de saber qué somos. Establecernos en la búsqueda. Nadie puede negar que existe cierta fascinación en el acto de intentar comprender. A pesar de que sea sólo en una capa intermedia dentro del entramado de sentidos posibles, en la inmensa construcción intertextual que podría corresponder a cada una de nuestras vidas. Y como desde la perspectiva del demiurgo, hurgar en los elementos atávicos que nos componen. Emprender la búsqueda de cierta esencia. Por eso, restarle valor a priori a cualquier herramienta que tengamos a mano para emprender la tarea, no hace más que exponernos un rasgo de iniquidad ante nuestra propia naturaleza.

¿Cómo definirse entonces? Cuál de nuestras ansiedades, refleja la preocupación primera. Desde dónde parte la sombra que se asoma de detrás del espejo, de debajo de la cama, de más allá de un rostro desconocido. Las manos que como aves, tienen la posibilidad de tocar y volar podrían convertirse en un utensilio perfecto. Pero resultarían insuficientes si no se las sabe unidas en secuencia a ese amasijo de músculos, sangre y huesos que es una persona. Imaginarlas de manera aislada es una ambición recurrente, una pericia del lenguaje que intenta atribuirles todo el placer y el dolor que son capaces de procurar y percibir. Pero aunque nuestra comprensión del acto de tocar, haya trascendido la idealización de las manos como protagonistas únicas y privilegiadas de dicha acción, aunque entendamos y disfrutemos de la experiencia amplificada de saber que se toca con toda la piel, cómo restarle fuerza a esa construcción tan poderosa del lenguaje y la significación. Cómo no sucumbir ante la idea de que tocar es igual a usar las manos. Y sobre todo, ¿Cuál sería la ganancia de tal empresa? Con qué nos quedaremos ante la disolución de tal elaboración simbólica, si es que acaso (cosa que me parece imposible) logramos instaurar una nueva relación significante. Supongamos, algo así como que tocar es rozar las cosas con los codos o con las orejas. En todo caso, vale recordar que cada idea expresada desde el habla, denota un sentido concreto cuya base se encuentra adherida a una práctica, se sustenta en el hacer y pretender cambiar la idea general de esta construcción y su incidencia en la lengua, tendría que pasar necesariamente por modificar el hábito o la costumbre que expresa.

¿Y si esto es justo lo que intentamos? Si no, qué hemos estado explorando. Indagando en una relación distinta desde los sentidos, estamos al mismo tiempo construyendo una noción de experiencias concretas desde el cuerpo e intentando modificar su referente hablado. Usando una misma palabra, hemos intentado reconstituir un concepto. Y aunque en la realidad, esta práctica sólo es posible a través de pequeños acuerdos dentro de grupos específicos de individuos iniciados, y sólo muy lejanamente podría llegar a ser una generalización o convertirse en una ley, hemos logrado convenir en restituir un uso extendido de la palabra. Tocar, entre nosotros, brega por recobrar un sentido original. Tocar para nosotros es una experiencia práctica ampliada del cuerpo, al igual que hemos intentado amplificar el sentido de la palabra que la define. No existe una palabra distinta para el tocar entendido como el concepto común de relacionarse con el mundo a través del contacto con las manos y otra para la versión extendida de usar todo el cuerpo para percibir de manera táctil nuestro entorno.

Decía entonces que la posibilidad de usar cualquier herramienta puede sernos útil para acercarnos a nosotros mismos, para intentar saber lo que somos. De esta manera entonces podríamos llegar a pensar que, desde una visión extendida del acto de tocar, los que hacemos trabajo de contacto somos aquellos que intentamos percibir el mundo entero de manera sensible, a través de todo el cuerpo. Y también, por qué no, como seres empeñados en reconciliarnos con la lengua, empujando un poco más allá las palabras que nos definen.

 Rafael Nieves

lunes, 19 de febrero de 2018

Lo imposible de lo exacto



Tal vez por momentos pueda notarse en mí, cierto estado de convencimiento acerca de la elaboración de ideas en torno a la danza. Por instantes, esa convicción pudiese llegar a imprimir algún tipo de certeza sobre lo que pienso y digo sobre el tema del cuerpo en movimiento. Pero es necesario aceptar que la forma en que se organiza este discurso varía sensiblemente dependiendo del contexto. Es decir, muchas veces durante una clase, ensayo o entrenamiento las palabras para expresar las ideas en torno a las cuales se organiza el discurso danzado, fluyen de mejor manera que en otros espacios. Supongamos, una sala de conferencias, un pasillo cualquiera, un cafetín, incluso algún paisaje natural o más propicio para el relajamiento de los sentidos o la aparente conexión con nosotros mismos. Muy posiblemente esto se deba a que la danza exige sus propios recursos discursivos, ya no sólo desde el cuerpo, sino también en cuanto al uso de la palabra. Sospecho que hablar apropiadamente de la danza amerita cierta tensión. Encontrarse imbuido en cierto esfuerzo. Sostener al igual que cuando danzamos, un posible estado extendido de la atención. De hecho, a mi parecer hay cosas que sólo me es posible decir estando descalzo y sudado. O ante la urgencia del esfuerzo de un tercero, que necesita la llave mágica de alguna imagen verbalizada, algún acercamiento sonoro e incluso alguna entonación concreta.

Factible o no, esta relación de lo hablado y lo corporal, escapa sutilmente de las correcciones del lenguaje y se instaura en una suerte de imaginario propio del oficio. Un ejemplo podría ser esa manía tan común de querer ponerle nombre a algunas secuencias de movimiento o también esa necesidad imperativa de recurrir a asociaciones imaginativas que nos permitan comparar una movilidad con un fenómeno otro. Como si de alguna manera la gota que se derrama de una hoja después de la llovizna o la hoja de papel movida por el viento, contuviesen la misma cualidad en cada universo imaginativo personal. Como si todos tuviésemos la capacidad de visualizar el mismo tipo de hojas, la misma cantidad de agua, el mismo soplo de viento. Y he aquí entonces, que lo importante es lo impreciso de la imagen, lo imprevisible de cada interpretación personal.

Pero ésta es sólo una de las múltiples formas bajo las cuales podríamos establecer un acercamiento a lo imposible de lo exacto, en los muchos aspectos de la danza. En mi práctica particular he intentado (casi siempre de manera fallida) hacer un registro de diversos aspectos importantes desde mi punto de vista para el desarrollo del oficio de danzar. Todos ellos bastante imprecisos, para ser sincero. Este registro parte obviamente, de mi capacidad de observación y análisis, pero también y muy contundentemente de mi experiencia íntima. Para describir este aspecto, tendría que mencionar que es justamente ese carácter subjetivo e individual lo que ha fortalecido en mí, la decisión de constituirme desde esta manifestación creativa. Es este carácter individual de la práctica, el que le da sentido a la danza como posibilidad diversa. Es su característica imprecisa la que la habilita para convidarnos a ser en sus predios, haciéndola a la vez una forma expresiva concreta y posibilidad de vida múltiple. El desarrollo que hacemos de ésta en colectivo, sólo es posible en la medida que se manifiesta como encuentro. Espacio vital donde un conjunto de individuos particulares comprometidos con una forma de tratamiento del cuerpo, se permiten coexistir a través de sus diferencias. El resultado de esta coexistencia dependerá siempre de la calidad y cualidad de esa posibilidad imprecisa de estar juntos. Eso determinará una forma específica de obra, lo cual sigue siendo igualmente algo bastante indeterminado. Y por supuesto, hablar sobre esto ya es también lo suficientemente poco concreto. Tanto como para que lo sume en mi lista de elementos de la danza sobre los cuales me puedo permitir hablar, sin terminar nunca de decir exactamente qué son.

Particularmente mis intereses transitan por este tipo de elementos que se me antojan constitutivos en la práctica de la danza. Y he dado con la noción de que sólo me puedo acercar a ellos de una manera tangencial, así pretenda lanzarme de frente e intente profundizar o expresarme de la manera más apropiada posible. Mi sensación es que al decir danza estamos hablando de una forma de expresión en sí misma. De un lenguaje no del todo aprehensible desde el verbo. Sujeto al universo de lo metafórico, pero más aun hundido en las entrañas de las sensaciones corporales y sólo aprehensible desde la percepción sensible. Planteando siempre que la búsqueda es alcanzar ese estado de conexión que no podemos nombrar sin romperlo. Esa zona manifiesta donde conviven como envueltos en una espesa madeja, sensaciones, sentimientos y una cantidad bastante considerable de ideas constituidas desde la razón. Muy posiblemente la danza pueda manifestarse como una de nuestras herramientas más poderosas para destrenzar y volver a tejer este conjunto. Pero siempre claro está de una manera muy imprecisa. Muy intuitiva. Confiados a una razón otra, que difícilmente podría pasar sin atropellos, las pruebas inclementes de la razón pura. Del pensamiento lógico. Sin embargo hay un orden. Y desde siempre se ha procurado desarrollar un conjunto de formas para entender lo corporal expresivo. Se han establecido puentes hacia esas otras formas de comprensión. Desmadejando y volviendo a tejer esta cadena interminable. Es así como perdidos, pero no tanto, intentamos de manera infinita constituir espacios desde los cuales se manifieste el cuerpo en movimiento. Espacios para expresarnos desde el cuerpo. Cada cual atendiendo a sus imprecisiones particulares. Estableciendo vínculos con otros, y con universos no menos variados, pero con una cierta coherencia depositaria de siglos de búsqueda común.

Yo por ejemplo estoy encantado con la posibilidad de contarme. Sobre todo la posibilidad de contarme desde la danza, reconocerme desde ésta como un ser concreto. Ser alguien desde mi cuerpo e intentar decirlo. Aunque eso sí, sumamente impreciso y un poco disperso. Generando categorías instantáneas que se desvanecen o se reconstruyen con cada otro y en cada encuentro. Creyendo que la magia es posible si la pienso descalzo y sudando. Buscando el trance. Deseando alcanzar así, un poco sin una razón clara, una enumeración imperfecta de las formas y nombres del cuerpo en movimiento. Un poco raro, distinto, tan parecido a todos esos que habitamos la danza.
Rafael Nieves