lunes, 17 de octubre de 2016

Para saberme

Me gustaría pensar en un anecdotario para saberme. También me gustaría eludir toda teoría docente. Formas instituidas sobre las que se fundamenta el poder en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Hablar del ejercicio de lo afectivo y las tecnologías del saber. Claro que también podría hablar de las discretas formas de ejercicio del poder a través de lo afectivo. Y sobre las variables incontrolables del ser. El ser revelado y rebelde. De la imposibilidad de mantenernos atados a ejercicios estériles de orden. O de ese orden desobediente y fértil que obedece a otras formas, otras comprensiones. Sin leyes.

Pero la verdad prefiero ponerme a echar cuentos, que es lo que me gusta.

Lo aquí reseñado, sirve para auto-referenciarme y está basado en una versión particularísima de recuerdos. Mis recuerdos. Una interpretación mía sobre cosas que pasaron. Además, puede que todo haya ocurrido de otra manera. Pero esta es mi versión.

fotografía David Grajales

I. Gabriela

A ella la conocí a mediados de mi primer año de estudios universitarios de teatro. Venía junto a otro amigo como una especie de caballería de refuerzo, de nuestra profesora de metodología. Era su tesista me parece. Durante alguna de esas vacaciones cortas que se dan a mediados del primer semestre del año, fui con algunos amigos a Barquisimeto a conocer hogares. No había mucho planeado pero conocí gente, otra ciudad y hablé de teatro. Hasta por los codos (como suelo hacer acerca de cualquier tema).  Ella apareció una tarde en su carro. Sorpresivamente también era de por esos lares. Tenía como medio año sin verla. Pero para mí seguía siendo esa especie de hermana mayor, a la que en algún momento le habían encomendado ayudarme a entender los intríngulis de la investigación teatral. Y así estábamos en Barquisimeto ambos, unas cervezas y su carro. Si algo tiene de encantador que te lleven de paseo en otra ciudad, es el carácter afectivo que adquieren los recorridos. Es como un tour por los sitios que le gustan al que te pasea. Siempre lleno de anécdotas y vida. Una visita al mundo del otro, diríamos. El de ella en algún momento nos dejó en el carro, admirando la luna en una explanada. La luna, las cervezas y unas inevitables ganas de orinar. Como ya dije, hablo mucho, pues ella más. Con el agregado de su cruzada por orientarme intelectualmente. La conversación no paraba, mientras, la cerveza iba ejerciendo su efecto. Así que en medio de dos frases sobre algún concepto que yo debía comprender, me preguntó si podía orinar. Yo tratando de seguirle el trote, le respondí que claro que podía. Lo que si no sabía, es que eso significaba el simple acto de abrir la puerta del carro, agacharse viéndome la cara y soltar el chorro mientras seguía con mi proceso formativo. Puede que sea una tontería, pero en ese momento, yo no me supe. Ella siguió aclarándome alguna idea importante mientras sonaba el chorro descargado sobre la tierra. La verdad, nunca entendí ese momento. Pero tuve una teoría. No fue escatológico, ni erótico-intelectual, ni retador-incitador. Aquel yo distante lo asumió como parte del aprendizaje. Un acción gestada entorno a la compresión de la importancia del mundo de las ideas por sobre nuestra esencia material. Una herramienta metodológica pues. Que importa mearse o cualquier otra cosa, si está de por medio la construcción de una idea. La comprensión de algo. Sin poder hacer mucho más, adquirí a partir de ese momento un respeto exagerado hacia nuestra conversación. Después de tanto, creo que hay algo de necesaria solidaridad entorno a los que se dedican a pensar. Así sea meando en una calle, en una ciudad tan venerable como Barquisimeto, brindando con algunas cervezas, durante un tour afectivo, solos en la noche.

archivo personal

II. Cecilia

Yo la conocí. Estoy seguro que no me recuerda. Pero es que hace tanto tiempo y tantas vidas. Recuerdo que me regaló un pin con una pintura de Arcimboldo, que usé en mi chaqueta de cuero hasta que lo perdí en un viaje. Lo lloré. También recuerdo que conocí el cuarto intacto de su hija que vivía lejos. Ahí me mostró un tarro lleno de metras y me hizo introducir la mano y, tocarlas. Inolvidable. Cada uno de mis hijos tiene su propio tarro, aunque no he tenido el valor de repetir el ejercicio, por miedo a espantar mi recuerdo. Ella llegó al recién fundado Instituto Universitario de Teatro a dar la primera electiva que se dictaría en él. Todo un suceso. La materia se llamaba simplemente: Poesía. Como es de imaginarse todos nos inscribimos, estaba lleno el salón. Y como también es de esperarse, a mitad de curso sólo quedamos dos estudiantes. Ya cuando estábamos cerrando, en los días finales, nos llevó a su casa en Bello Monte. Con la excusa de su clase conocí su sala, con su nevera y su cocina, el cuarto suyo, el de su hija, hasta su baño. Durante el ejercicio de las metras, en el cuarto intacto, se le humedecieron los ojos. Yo la conocí, a Cecilia. Estoy seguro que no me recuerda. Hace tanto tiempo y tanta vida. Recuerdo que me regaló un pin con una pintura de Arcimboldo y también que aprobé esa materia.

archivo personal

III. Dunia

Era la tercera carrera que intentaba completar. Es decir, la tercera vez que tuve que estudiar Metodología de la Investigación, entonces, la conocí. Cabe destacar que no estaba preparado, como muchos otros de los iniciáticos alumnos de la primera promoción del IUDET. Nada de cómo armar un fichero y cosas por el estilo. Todos debíamos preparar semanalmente un informe de una o dos cuartillas, sobre una lectura breve que ella nos facilitaba. Sencillo. Sobre todo si se tiene una buena formación previa y aquellas lecturas no hubiesen sido escritas por formalistas rusos, semióticos o estructuralistas genéticos, muchos de los cuales no entiendo todavía. La primera semana entregó la primera lectura. La segunda semana entregamos el primer informe. La tercera semana ya tenía una lista de gente que debía ir a concejo académico por fraude. Sin anestesia. Ni internet. Fue por mucho la más feroz de ese tiempo. Afortunadamente, yo no entré en la lista y aunque nunca entendí tanto como me hubiese gustado en aquel tiempo, ese curso fue para mí una experiencia fundamental. En algún momento ya avanzado de ese año que estudié con ella, me dijo a modo de revelación, que pensaba que muchas de las respuestas que estábamos buscando se hallaban en la danza.  En ese momento, al igual que otra gran cantidad de veces no entendí nada, pero tampoco lo olvidé. Ya terminando el curso invitó al escaso grupo que quedaba a su apartamento en el techo de un pequeño edificio en Las Acacias. Como siempre hablamos mucho acerca del teatro y la creación. En un momento aparte, al notar mi escepticismo ante mis propias capacidades creadoras, soltó la taza de café tinto, dejó el Astor Rojo encendido y buscó su guitarra eléctrica con el amplificador. Y luego, tras un breve discurso, me mostró una canción de su propia autoría. Sonreía y cantaba. Recitaba. Era como un poema con una melodía sutil. Realmente era temible. Y yo estaba fascinado.
Rafael Nieves

lunes, 10 de octubre de 2016

Vade retro

fotografía Jonathan Contreras


I.
-Vamos hacia atrás compa.
-¿Y cómo es eso?
-Bueno ¡en pretérito pues!
-Péguele.




II.
10. Tirado en el piso, viendo el techo, sudando, agitado. Ya todo es recuerdo. Hasta las cuatro cosas bonitas que le dije.

9. Hora y media sin saberse. Sólo mover, sólo querer. Puro agite y esencia. Cuerpos encontrados en disfrute. Pura danza acontecida.
  
8. Subir siete pisos disfrazados de seis. Porque quién quiere gastar las piernas esperando ascensor y llegar a la clase mañana. 

7. El café en la esquina, más maña que vicio. El tercero del día.

6. Amarrando la bicicleta y colgando el bolso antes de sacar el sencillo. Desabrochando el casco para secar el susto. 

5. La calle está fuerte. Rico el sol, pero los carros pisándole a uno los talones. Mejor no pasarse semáforos de carros y peatones, porque para dos ruedas no hay. 

4. Si sales a tiempo no tienes que correr, pero como cuesta bajar con tanto perol por la escalera. Mejor ponerse de una vez el casco y sacar la llave.

3. Le dije: -Voy a comer sólo lo suficiente-. Pero me ganaron los sabores y el cariño.

2. Un beso y gracias por las atenciones. Recuerdo que le dije cuatro cosas bonitas.

1. Así empieza la tarde. Me voy para la danza.

fotografía Jonathan Contreras
III.
Cuando yo cuerpo me pienso, me pienso en ahora.

Pensarme en antes me cuesta. No sé definir un cuando, porque el tiempo se dobla al encuentro de las ideas de mí que tengo, y entonces sé, que lo que fui no es más yo. Como cuando encuentras un cajón de fotos viejas donde conviven distintos yo pasados. Pero con el agravante maravilloso, de memorias que se mezclan. A veces a gusto, a veces a disgusto. De manera que soy este ahora que es ayer.

Yo, ya no me recuerdo. Pero me queda el anhelo de mañana. Y la danza que se constituye sobre ese hoy constante que fluye en todas direcciones.

Cuando me pienso en ayer, tengo que aceptar que no me sé tanto porque ya no soy. Y está este otro que piensa un poco distinto y le duele algo o ya no lo siente. Puedo entonces, felizmente, proponerme un orden nuevo. Constituirme distinto. Ser mi propio y nuevo sustituto.
Rafael Nieves

lunes, 3 de octubre de 2016

Margarita

I. La partida

-Coño compadre, se murió Margarita.
-¡No puede ser! ¿Y esa vaina?
-Bueno, tu sabes, ya estaba en las últimas.
-¿Y la niña, cómo está?
-¿Cómo crees? Triste. Lloró un rato, pero después se le pasó. Lo que sí está maluco, es que nos dice a cada rato que quiere que regrese. Y que le va a escribir una carta al niño Jesús para que se la traiga de nuevo.
-Vaina, ¿Y qué le dijeron?
-Cualquier cosa para aguantarla. Porque ya está grande y entre Margarita, los muertos y el niño Jesús, creo que nos va tocar hablarle de Dios.
- ¡Coño!
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II. La llegada

Tendría que tener el corazón de hielo para no preocuparse de llegar con plata en el bolsillo, para el día del cumpleaños de la niña. Más allá de sus fascinantes cualidades astrológicas, esos meses que están pegaditos de las vacaciones de navidad tienen la característica particular de dejarnos con los bolsillos secos. Y que se le puede hacer. Así funciona la economía popular. La cuestión es, sacar cuentas y tener voluntad de hierro para llegar a principios de febrero con algo de plata. Pero ese año había estado bien apretado. Diciembre cayó bonito. Año nuevo como un hacha.

Aun así, todo el pertrecho conmemorativo estaba resuelto, incluyendo torta, piñata y cotillón. Lo del regalo si estaba duro. Sabía que no le faltaba nada. Pero era obsequiar en sí, lo importante. Como quien dice: el gesto. Y cómo no, la carita de emoción rompiendo el envoltorio. Por más coherente y comprometido que uno sea, a los seis años siempre hace falta un regalito.

Entonces ocurrió. Con su papá para la tienda de mascotas. Había ratones, pájaros y peces. Entre esos estaba Margarita y los ojitos le brillaron. Además, resultó más barato que cualquier juguete de tienda.


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III. La duda

Si doblo mucho la cosa, termino pensando que regalar una vida, así sea animal, sale más barato que cualquier perol o utensilio ingenioso. Y aunque eso es ya otro tema, la verdad me deja un gusto raro.

En primer momento uno se justifica creyendo haber leído algo sobre los animalitos en casa, con niños más responsables, autoestima más sólida y entendiendo los procesos de la naturaleza. Por más que uno sepa que quien terminará limpiando la jaula y enamorándose de los bichos será uno.

El hecho es que cada personaje de estos que entra en la casa, entra en la vida. Ocupa su espacio y su tiempo. Uno sabe que tendrá, por ejemplo, que tomarlos en cuenta cuando salga de viaje. Bien por los cuidados, bien por los afectos. Y bueno que hace uno. Es una vida.

IV. El asombro

Margarita, se había puesto más lenta de lo normal. Ya no aceptaba comida con el mismo entusiasmo. Estaba indiferente a la atención de los otros. Se veía más bien sucia y despeinada. Y aunque todos esperábamos que pasara, su muerte igual nos conmovió.

La niña como es natural, lloró. Y aunque estuvo un tiempo pensando que se podía regresar de la muerte, ya casi, casi, le hablamos de algunas cosas importantes. Pero parece que aún queda bastante tiempo para sorprendernos. Y la verdad es que no tenemos mayor apuro.


V. Sobre los niños y el tiempo
1.
A veces somos niños criando niños.
Pero sin el frescor de la risa y en ausencia de inocencia.
Somos pequeños y nos gana la ira, la impotencia.
Ellos en cambio no nos ven como enemigos del tiempo.
Nos damos a sus ideas como un todo acabado y aun así no nos entienden.
No tienen cómo y no tendrían por qué.
Pero ahí seguimos duros, inmóviles.
Como respuestas terminadas
aunque falsas,
tratando de defendernos sin razón.

2.
Pero ¿Y si después de todo fuera un juego?
Si al crecer nos miraran, ya encorvados y ellos fuertes
y nos dijeran: - ¡Te lo dije!
Sin palabras, sólo con los ojos.
- Te lo dije.

 Rafael Nieves

lunes, 26 de septiembre de 2016

Cuatro momentos sin nombre

Uno. Mañana estarás ya cansada desde temprano. Despertarás antes de que salga el sol a preparar las cosas ineludibles para que el día ocurra como se necesita. Todas las pequeñas cosas importantes tendrán espacio en tu cabeza y por eso vas a salir con un poco de retraso. Una vez en camino, repasarás mentalmente (otra vez) lo necesario para tu itinerario y encontrarás alguna pequeña tarea que quedó relegada para después. Sin darte cuenta caminas un poco apresurada porque quieres completar un pequeño asunto antes de iniciar tu actividad. Nada importante, pero mejor salir de eso. Buscas además en tu mente algún asunto pendiente que necesite resolverse con inmediatez, así sobre la marcha. Cero. Suspiras y sigues, porque cuando llegues, todo tendrá sentido. Te invadirá una satisfacción inexplicable. Haciendo lo tuyo, nada te falta. Y al menos por algunas horas, podrás olvidar lo cansada que estabas cuando despertaste.


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Dos. El pequeño nuevo habitante tendría que aprender a comportarse. Regresaba a una vida que no recordaba. A la intriga por los espacios, se le sumaba una memoria inexistente de nueve años. El apartamento tenía alfombras en todas partes y una habitación para él. Nunca había dormido solo. Se le antojó que el centro de aquel hogar era la biblioteca de madera que estaba en la sala - comedor, donde las enciclopedias Salvat y el diccionario Larousse convivían con algunos libros sobre el socialismo y una colección de Julio Verne. En el centro un tocadiscos y varios acetatos de Soledad Bravo, Alí Primera y Un Solo Pueblo. Muebles de mimbre con mesita de centro. Una ventana grande pero cerrada. Algunos ceniceros limpios. Mejor dicho, todo limpio y en orden. A la casa de su papá sólo le hacían falta un paquete de metras y algunos soldaditos de plástico.

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Tres. Intencionalmente pidió que fuera en silencio. Tenía la idea de que la música lo obligaba a olvidarse de sí. Que lo convertía en su instrumento. Así que se rebelaba cada vez que podía. De manera que esa vez, sólo se abrió el telón, entró la luz lentamente y luego él. ¿A hacer qué? Ni idea. A ser coherente se me ocurre. A escucharse. También a no perder el control, porque en ese momento no se piensa igual. Por eso pide que no haya música, para regresar de nuevo al no lugar sin tiempo. Para ver si se asusta o si el vértigo lo hace llorar o perderse. Entonces la obra se arma desde un él que reconoce solo a medias y que cuando no improvisa, permanece oculto, al acecho, distante.

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Cuatro. Antes de que él llegara todo era diferente. No compartía lo que era mío, incluyéndolos a ellos. Yo sentía que estaba en el centro. Hasta aprendí a decir mi nombre. Pero ahora que él está, todo parece distinto. Siento una agitación constante y he tenido que aprender a compartir mis cosas. Aunque siempre nos reconciliamos, las discusiones se tornan agresivas y saturamos el ambiente de ruidos. Distintos ruidos. Y creo que lo disfruto. Es como un estado de agitación constante. El día que me fui, por ejemplo. El sol entraba por la ventana, el aire estaba fresco y de pronto volé hasta perderme. Pase días tratando de volver. Llamando desesperada. Nunca perdí la esperanza, ni bajé la voz. Hasta que vinieron por mí y estuvimos juntos de nuevo. No me gustó estar ausente, pero a veces no puedo controlarme. Y aunque me gusta estar aquí, ya no puedo recordar mi nombre.
Rafael Nieves
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viernes, 23 de septiembre de 2016

Tres cuentos solos

I. Sincronía

archivo personal

Dos días antes había estado preguntándose cuando tendría fuerzas para afeitarse. Y aunque su barba escasa realmente no le molestaba, al verse en el baño le entraba algo como un desacomodo. Pensó que también tenía espejos en los cuartos, pero en ellos no se veía igual. Tal vez porque eran habitaciones compartidas y se siente muy raro que lo encuentren a uno intimando con uno mismo. Incluso estando solo en la casa sentía que el lugar con más luz, más cómodo; es decir, el adecuado para mirarse a sí mismo a la cara, era el baño. Y con la puerta cerrada.

Aunque entraba y salía del baño un montón de veces durante el día, nunca se sentía demasiado motivado para quedarse mirando el espejo. Se rasuraba, se lavaba las manos, cepillaba sus dientes con regularidad, pero sólo en algunas oportunidades y como de refilón, se lanzaba una breve mirada. Nada grave. De hecho eran más las veces en que se obviaba a sí mismo. Su atención no era particularmente afecta a sus propios encantos.

Pero ese día, que pudo ser uno cualquiera, lo vio. Fue como un leve reflejo. Una percepción sutil. Como un movimiento sentido de dos maneras distintas. El que registró en su cuerpo y el que creyó ver en el espejo. Su reacción fue más bien lenta, tímida. Sabía que era absurdo, pero igual se asomó nuevamente para comprobar la sincronicidad de sus sensaciones. Y si, todo parecía bien. Todo estrictamente reflejado al frente, pero con la dificultad lógica de los opuestos. Aparentemente, todo en orden. Con una sola excepción: lo vio. Era él. Un yo que generalmente los otros saben más, porque lo miran. Tenía aquello que se suponía debían ser sus propias señas particulares. Y entonces así, como un niño, se le ocurrió hacerse una cara de gruñido, abriendo mucho la boca, asomando los dientes, levantando las cejas; y como no podría dejar de ser, aconteció. Estaba ahí otra vez. Era un reflejo leve, como una falta de sincronía en sus sensaciones.

Y entonces, se asustó.


II. Acecho

archivo personal

Cuando termina el día de trabajo, llega la hora de las decisiones. Uno puede pensar que hacer con su tiempo. Al menos eso le gustaba creer. En el fondo sabía que se engañaba a sí mismo, porque entre el cansancio, las responsabilidades y sus cualidades ahorrativas, todo se reducía a decidir si tomaba un transporte público que lo dejaría en la puerta de su casa o subir caminando. Si subiera caminando también hay otro par de opciones. Esperar algún grupo con el cual ir acompañado para darse ánimo o subir solo. Si esperaba el grupo, es posible que llegara alguien que hubiese visto antes; entonces puede decidir entre buscarle conversación o quedarse callado, con ese silencio cómplice de los desconocidos - conocidos que suben ya tarde y está oscuro.

Pero nada de eso importa, porque esa noche la luna y los escasos postes de luz amarilla no lo dejaron sentirse tan solo, y había algo de interesante en ese sustico que le entra a uno cuando estando solo, le da por subir de noche aunque esté oscuro.

Primeramente hay que aclarar, que fue una suerte de estremecimiento lo que lo hizo arrancar caminando. Se podría pensar incluso, que lo impulsó la idea de estar realmente solo. Que si se tardaba más decidiendo, llegaría el próximo tren y ya no lo estaría más. Así que avanzó. A medida que subía los sonidos cercanos a la estación iban quedando atrás y las luces mostraban el sendero largo por donde se llega arriba. Muy tarde, ni un alma. Lo cual no se sabe bien si es bueno o malo en una situación como esa. Qué increíble cuanta bulla hacen los grillos y las ranitas. Aquí, en la ciudad. Las sombras se mueven y no se sabe porque parpadea una luz. A lo lejos cualquier montoncito de algo parece un alguien y sin darte cuenta empiezas a sudar. Es que vas rápido. Apretaste el paso allá atrás.

Justo en la mitad del camino cuando es lo mismo regresar que seguir, te preguntas por qué no esperaste más gente. Así que decides trotar, pegar una carrerita; porque ahí en medio de todo, donde no hay nadie, es donde más se agua el guarapo. Como si aquello monstruoso fuese a salir de ti.


III. Acontecidos

archivo personal

1. En algún momento pensó que la invitación se debía a que bebían juntos los viernes en aquel restaurante de comida casera. Un par de semanas seguidas encontrándose a la hora del almuerzo, lo hizo acreedor a una invitación a la mesa de los del grupo de teatro aquel. Al cabo de un mes ya estaba enterado de todo lo referido a la obra que se estrenaría en seis semanas. Todo se habló entre macarrones con pollo y hervidos de gallina. Análisis de texto, bocetos del vestuario, repartición de personajes. Conoció a todos lo del elenco, menos a uno que no quiso estar. Qué raro, tan buena que se veía la obra.

2. Cuando finalmente aprobó todas las materias del primer año supo que lo haría. Era tradición. Después de un año de estudios, para poder continuar, tenía que hacerse paracaidista. A los 18 años, ya tendría algo muy arriesgado que podría contar. Incluso cuando tuviera 44. Los preparativos iniciarían pronto, pero que importa pasar un mes de vacaciones encerrado en una base militar, si al final tendría cinco saltos encima y unas alas en el pecho.

3. Por eso le dio un gusto enorme cuando ese viernes después de un par de cervezas, le dieron una copia del texto para que leyera por el actor que nunca apareció. Un placer. Se esforzó, aunque era una lectura a primera vista. Lo hizo lo mejor que pudo. Sentía que ya conocía la obra y que total, el restaurante, los amigos, el teatro bien lo valía. Cuando ya cerraban salieron contentos y tambaleantes; el director le puso en las manos el libreto y le dijo que se veían al día siguiente a las 2pm. -Ponte ropa cómoda- le soltó.

4. Durante un mes el sol, el terreno y un par de sargentos hicieron su trabajo. Ardua preparación física y mucha presión, anticipaban las pruebas: cómo levantarse si te arrastra el viento; cómo desentorchar la cuerdas si se enredan; cómo compactar el cuerpo justo en el momento de la salida del avión y finalmente los saltos desde la torre. Una cabina ubicada a tres pisos de altura, desde donde, sostenido por un arnés, simulas el salto por la puerta del avión y te dejas caer por una guaya. Tienes que hacer tres saltos buenos seguidos. Cuando saltas, sales por la puerta y te colocas en posición fetal, después del sacudón abres el cuerpo y extiendes las cuerdas con las manos para ayudar a que se abra la canopia. Se llaman saltos enganchados. Se sintió bien superar la pruebas, los saltos y sobretodo la presión extrema.

5. Durante un mes el director, las lecturas y los ensayos hicieron lo suyo. Era realmente un personaje corto. Tenía una conversación sobre un asunto importante y después entraba unas cuatro veces más. Sobretodo escenas grupales. Moverse por acá, atender a lo que dicen allá y llevarse el saco del protagonista antes del final. En total le tocaba hablar unas doce veces. Incluyendo un "Si" y un "Voy". Ya tenía vestuario. El director estaba nervioso, pero de buen humor. El ensayo general fue un desastre, pero al parecer, eso es normal.

6. El día del acontecimiento amaneció como siempre. Un día normal, sólo que se sentía especial. Como si todo tributara al desenlace. Hasta las cosas simples, como cepillarse los dientes, hacían parte de la preparación. Cuando llegó con los demás pudo comprobar que todos estaban igual: acontecidos. Sólo variaba la forma. La ansiedad hace que el aire se ponga duro como una tabla. Te sudan las manos, se acelera el pulso, se dilatan las pupilas y se agita el pecho. Finalmente, parado en la puerta, estando a punto, no piensas. Todo se hace simple. Justo en ese pequeño instante nada importa más. Y ese es su valor particular. Lo que le otorga su brillo. Ese algo sin forma que nace y tiene su fin en nosotros. Así nos asuste.

Rafael Nieves

lunes, 19 de septiembre de 2016

Inmanente

Estoy interesado por las cosas simples. Pero creo, que el solo hecho de pensarlas, las transforma. Aun con el trato más sutil que les demos, les insuflamos un aliento que hace de ellas algo especial. Ejerciendo el efecto contrario. Me gusta pensar que es en la sencillez donde reposa su brillo. Su valor particular. La posibilidad de contemplarlas es un valor agregado. Pero, ¿Cómo se huye de nosotros? los apetentes. Para los cuales cada otro es una vitrina.


I. Con la puerta trancada todos somos feroces

fotografía Jonathan Contreras
Así acostumbremos cerrar la puerta de los cuartos al dormir o al cambiarnos de ropa. Es sólo en el baño, donde nos es abiertamente permitido echar llave al entrar. Quedar solos con nosotros. Es por excelencia el espacio de lo genital. Del espejo y la imagen. De la higiene y las excreciones.

Dos días antes se había estado preguntando cuando tendría fuerzas para afeitarse el rostro. Su barba escasa no le molestaba en absoluto. Pero era justo ahí, en el baño, donde le entraba el desacomodo. Pensó que tenía espejos en los cuartos, pero en ellos no se veía así. Tal vez porque eran habitaciones compartidas y se sentiría muy raro si le encontraran detallando su reflejo. Incluso cuando estaba solo en la casa, sentía que el lugar con más luz, más cómodo, es decir el adecuado para mirarse a sí mismo a la cara, era el baño. Y con la puerta cerrada.

Aunque no podría contar cuantas veces entraba y salía de él durante el día, nunca se sentía demasiado motivado a mirarse en el espejo. Se rasuraba, se lavaba las manos, cepillabas sus dientes con regularidad, pero sólo en algunas oportunidades y como de refilón, se lanzaba una breve mirada. Nada grave. De hecho eran más las veces en que se obviaba a sí mismo. Su atención no era particularmente afecta a sus propios encantos.

Pero ese día, que pudo ser uno cualquiera, lo vio. Fue como un leve reflejo. Una percepción sutil. Como un movimiento sentido de dos maneras distintas. El que registró en su cuerpo y el que creyó ver en el espejo. Su reacción fue más bien lenta y un poco tímida. Sabía que era absurdo, pero se asomó nuevamente al espejo para comprobar la sincronicidad de sus sensaciones. Y si, todo parecía bien. Todo estrictamente reflejado al frente, pero con la dificultad lógica de los opuestos. Todo en orden. Con una sola excepción. Lo vio. Era él. Un yo que otros saben más, porque lo miran. Con lo que se suponía deberían ser sus propias señas particulares. Y entonces, así como un niño, se le ocurrió hacerse una cara de gruñido, abriendo la boca, asomando los dientes, levantando las cejas; y como no podría dejar de acontecer, ahí estaba otra vez. Era un reflejo leve, como una falta de sincronía en sus sensaciones. Y entonces, se asustó.
                              

II. Caminar en la oscuridad de la noche es sentirse acechado. 

fotografía Victor Alexandre
La necesidad nos obliga algunas veces a retar nuestras posibilidades. La noche es para nosotros momento de reposo, pero para los que vivimos en sociedades urbanas, es también momento de encuentro o reencuentro. Para muchos de hogar. Siempre nos queda al final de la faena, ese momento de retorno. Como desandar el recorrido que iniciamos con el día, tal vez con mucho ánimo, pero ya indudablemente más cansados.

Cuando terminaba el día de trabajo, llegaba la hora de las decisiones. Podía pensar que hacer con su tiempo. Eso le gustaba creer. Aunque supiese que en el fondo se engañaba porque entre el agotamiento, las responsabilidades y sus cualidades ahorrativas, todo se reducía a decidir si tomar un transporte público que lo dejaría en la puerta de su casa o subir caminando. Si subía caminando también había otro par de opciones. Esperar algún grupo con el cual ir acompañado para darse ánimo o subir solo. Si esperaba el grupo, es posible que llegara alguien que hubiese visto antes; entonces podía decidir entre buscarle conversación o quedarse callado, con ese silencio cómplice de los desconocidos - conocidos que suben ya tarde y está oscuro.

Pero nada de eso importa, porque  esa noche la luna y los escasos postes de luz amarilla no lo dejaron sentirse tan solo, y había algo de interesante en ese miedito que le entra a uno cuando estando solo, le da por subir de noche aunque esté oscuro.

Primeramente hay que aclarar, que fue una suerte de estremecimiento lo que realmente lo hizo arrancar caminando. Se podría pensar incluso, que lo impulsó la idea de ir realmente solo. Que si se tardaba más decidiendo, llegaría el próximo tren y ya no lo estaría más. Así que avanzó. A medida que subía los sonidos cercanos a la estación iban quedando atrás y las luces mostraban el sendero largo por donde se llega arriba. Muy tarde, ni un alma. Lo cual no se sabe bien si es bueno o malo en una situación como esa. Qué increíble cuanta bulla hacen los grillos y las ranitas. Aquí, en la ciudad. Las sombras se mueven y no se sabe porque parpadea una luz. A lo lejos cualquier montoncito de algo parece un alguien y sin darte cuenta empiezas a sudar. Es que vas rápido. Apretaste el paso allá atrás.

Justo en la mitad del camino cuando es lo mismo regresar que seguir, te preguntas por qué no esperaste más gente. Así que decides casi trotar porque ahí en medio de todo, donde no hay nadie, es donde más se agua el guarapo. Como si aquello monstruoso fuese a salir de ti.


III. Cuando se abre el telón lo mejor es estar vivo.

fotografía Jonathan Contreras
Así pienses que van a comerte. Me gusta comparar la sensación de vértigo que da el inicio de una obra, con la de saltar de un avión en movimiento. Una vez en el aire, flotando con el paracaídas, no quieres que la obra se acabe.

1. En algún momento pensó que la invitación se debía a que bebían juntos los viernes en aquel restaurante de comida casera. Un par de semanas seguidas encontrándose a la hora del almuerzo, lo hizo acreedor a una invitación a la mesa de los del grupo de teatro aquel. Al cabo de un mes ya estaba enterado de todo lo referido a la obra, que se estrenaría en seis semanas. Todo se habló entre macarrones con pollo y hervidos de gallina. Análisis de texto, bocetos del vestuario, repartición de personajes. Conoció a todos lo del elenco, menos a uno que no quiso estar. Qué raro, tan buena que se veía la obra.

2. Cuando finalmente aprobó todas las materias del primer año supo que lo haría. Era tradición. Después de un año de estudios, para poder continuar, tenía que hacerse paracaidista. A los 18 años, ya tendría algo muy arriesgado que podría contar. Incluso cuando tuviera 44. Los preparativos iniciarían pronto, pero que importa pasar un mes de vacaciones encerrado en una base militar, si al final tendría cinco saltos encima y unas alas en el pecho.

3. Por eso le dio un gusto enorme cuando ese viernes después de un par de cervezas, le dieron una copia del texto para que ayudara leyendo por el actor que nunca apareció. Un placer. Se esforzó, aunque era una lectura a primera vista. Lo hizo lo mejor que pudo. Sentía que ya conocía la obra y que total, el restaurante, los amigos, el teatro bien lo valía. Cuando ya cerraban salieron contentos y tambaleantes; el director le puso en las manos el libreto y le dijo que se veían al día siguiente a las 2pm. -Ponte ropa cómoda- le soltó.

4. Durante un mes el sol, el terreno y un par de sargentos hicieron su trabajo. Ardua preparación física y mucha presión, anticipaban las pruebas: cómo levantarse si te arrastra el viento; cómo desentorchar la cuerdas si se enredan; cómo compactar el cuerpo justo en el momento de la salida del avión y finalmente los saltos desde la torre. Una cabina ubicada a tres pisos de altura, desde donde, sostenido por un arnés, simulas el salto por la puerta del avión y te dejas caer por una guaya. Tienes que hacer tres saltos buenos seguidos. Cuando saltas, sales por la puerta y te colocas en posición fetal, después del sacudón abres el cuerpo y extiendes las cuerdas con las manos para ayudar a que se abra la canopia. Se llaman saltos enganchados. Se sintió bien superar la pruebas, los saltos y sobretodo la presión extrema.

5. Durante un mes el director, las lecturas y los ensayos hicieron lo suyo. Era realmente un personaje corto. Tenía una conversación sobre un asunto importante y después entraba unas cuatro veces más. Sobretodo escenas grupales. Moverse por acá, atender a lo que dicen allá y llevarse el saco del protagonista antes del final. En total le tocaba hablar unas doce veces. Incluyendo un "Si" y un "Voy". Ya tenía vestuario. El director estaba nervioso, pero de buen humor. El ensayo general fue un desastre, pero al parecer, eso es normal.

6. Ese día, amaneció como siempre. Hizo todo lo que se hace durante un día normal, sólo que se sentía especial. Como si todo tributara al acontecimiento. Hasta la cosa más simple como cepillarse los dientes formaba parte de la preparación. Cuando llegó con los demás pudo comprobar que todos estaban igual de crispados. Sólo variaba la forma. La ansiedad hace que el aire se ponga duro como una tabla. Te sudan las manos, se acelera el pulso, se dilatan las pupilas y se agita el pecho. Ya parado en la puerta, estando a punto, no piensas. Todo se hace simple. Justo en ese pequeño instante, no importa nada más. Ese es su valor particular. Lo que le otorga su brillo. Nace y tiene su fin en nosotros. Así nos asuste.
Rafael Nieves


lunes, 12 de septiembre de 2016

Tomates

1. Los muchachos caminaron bajo ese sol caliente y sudoroso de la media mañana. Para llegar tenían que cruzar primero un sembradío de tomates que estaban justos para la cosecha. Rojos y sabrosos. El calor, la plaga, el monte tupido, nada podía sofocar la idea de ir a ver el río. Echarse un baño, conocer gente y tomarse unos refrescos bien fríos. Después de todo, no siempre los amigos de la familia tienen hijos de tu edad y te llevan de vacaciones a un pueblo con río, monte y una siembra de tomates. La casa estaba muy cerca de esas antenas gigantes repetidoras que tienen el nombre del pueblo. Pero ha pasado mucho tiempo de eso, ni idea de cómo se llama.

archivo personal

2. El cuerpo se parece a un cuaderno. En él vamos acumulando hasta sin saber, las notas que nos va poniendo la vida. Las que escribimos o garabateamos nosotros mismos y esas que se van haciendo solas, por el uso. Como cuando se te doblan las puntas o se tiñe con algo, porque lo dejaste suelto en el bolso junto con otras cosas que manchan. Además, en el cuerpo al igual que con la escritura, no todo el mundo nos entiende la letra.

3. El camino hacia el río se hace feliz si vas con tu tribu. Con 14 años arrancarle unos tomates a unas matas para comértelo con mayonesa, puede ser la expresión máxima de la felicidad si te han criado en apartamento. Así que antes de salir uno pasa por la nevera y se lleva el pote de mayonesa como para no regresar por hambre. El agua no importa porque el río es agua dulce, sin importar qué te digan. Así después te duela la panza.

fotografía Oswaldo García

4. Con el tiempo nuestro cuerpo va adquiriendo destrezas y luego progresivamente las va archivando, macerándolas, sustituyéndolas por una especie de comprensión práctica de nuestro entorno. Él simplemente, se adapta. Todo depende de nuestros oficios, nuestros hábitos, inclusive nuestro gustos particulares. Podríamos decir que al llegar a la edad madura hemos acumulado cierta cantidad de escritura que se puede leer en nuestra postura, en nuestra expresión. Nuestra movilidad habla y para el buen entendedor, pocas palabras.

5. Llegar a una poza de río llena de muchachos del pueblo siendo de la capital puede ser enteramente vergonzoso. Sobre todo si el amarillo apio y la franelita que te compró tu mamá te delatan. Por más que llegues con dos amigos, no hay forma. Es su poza, es su río, es su pueblo. Pienso que es más difícil incluso llegar en grupo porque no te sientes forzado a hablarle a nadie y pierdes tiempo en exhibiciones de destreza estériles. Porque además a la poza también van muchachitas y con 14, uno aun no sabe bien que se hace con eso. Aunque mucho después comprendes que en una semana te consigues un morocho perdido, te sacas una noviecita y alguien te ofrece su casa pa' que no regreses a Caracas.

archivo personal

6. Además de las destrezas, nuestro cuerpo se va marcando. Como el cuaderno. Que al principio le pusiste una etiqueta para identificarlo y al rato ya lo reconoces por los rasguños y rayones. Por la hojas dobladas y arrancadas. Por las manchas de grasa y los remiendos. Se hace aun mas único nuestro cuerpo. Si ya era singular al principio, con los años va haciéndose extraordinariamente específico. Con sus dolencias y virtudes. Se nos lee la vida entera, aunque la disfracemos. Aunque la maquillemos. Cuando somos, somos un libro que no termina de escribirse nunca.

7. Los muchachos llegaron a la poza que estaba llena de carricitos del pueblo. Se quitaron la camisa con un poco de pena, al darse cuenta que todos los varoncitos llegaban ya sin camisa y descalzos. Todo el mundo moreno y ellos blanco pálido. Blanco apartamento. Hubo que ponerse en cola y hablarle a unos más grandes que tenían acaparada la piedra desde donde se lanzaban clavados, para que los dejaran saltar. Si lo hacían tenían por lo menos asegurado un inicio.

El primero que saltó lo hizo como una bomba, tratando de ganarse simpatías por chistoso. Pero la cosa no funcionó. Mucha gente con el ceño fruncido. Algunos se quejaron en voz alta, porque estaban en la orilla y los habían salpicado. De manera que el segundo tuvo necesariamente que intentar un clavado olímpico. Así mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado dejaba claro que no se quedarían atrás de esos saltos envidiables que daban los muchachos del pueblo; y por otro se anotaba unos puntos con los amigos por haber enmendado el capote. Un héroe pues.

La verdad es que no sabía hacerlo muy bien. Nunca iba a piscinas, ni saltaba de trampolín. Pero recordaba las olimpiadas por televisión, como se preparaban para saltar, como juntaban las manos y mantenían las piernas juntas, y estiradas. Y fue.

En el aire no se enteró de nada. Pensó que estaba derechito. Que sus manos apuntaban hacia el agua y se mantenían juntas. Se entregó pues, hasta estar en el agua. Después vino algo como un desmayo. Todo ocurrió muy rápido. Se incorporó y se apresuró a llegar a la orilla. La primera reacción fue llevarse las manos a la cabeza, sentía como un adormecimiento caliente en las manos y el cráneo. Afuera del agua lo esperaban todos, conocidos y desconocidos con cara de espanto. Hasta que lo vieron y se echaron a reír recriminándole que eso no eran juegos, que creían que le había pasado una vaina. Pero las risas se acabaron de golpe cuando se saco las manos de la cabeza y con los cabellos mojados se le vino a la cara una cortina de agua con sangre.

fotografía Oswaldo García
8. También está el asunto del reconocimiento de sí. Saberse, así sea con ayuda del espejo. Asumir por ejemplo que hay lunares que no conoces porque no los alcanzas con la vista. Tus manos, pies y pubis. Las marcas de la lechina o las vacunas. Los pequeños ajustes que solo puedes hacerte tu mismo, como el largo del bigote o el cabello. Y todas esas heridas sanadas, cicatrices, los pequeños nudos que quedan de huesos rotos y soldados por tu mismo cuerpo. La lectura que hacemos de nosotros mismos.

9. De regreso del río, tuvo que ser algo fantástico. Una procesión de muchachos arrastrando al herido por entre los tomates. Una emergencia entre chistes, llantos y groserías. Deben haber llegado a la plaza, donde había un consultorio médico. El sol estaba magnífico. Todos descalzos o en cholas. Mojados de río. Amigos y caras nuevas. El doctor con la afeitadora desechable cortando el cabello donde iban a agarrar los cuatro puntos de sutura. Afuera seguro se habían comprado un refresco en la bodega y le estaban echando el cuento al bodeguero, a las señoras y los borrachos. Seguro que ya eran todos amigos. Unas aspirinas y para su casa. Ya habían cuadrado para ir al río mañana. Había uno que no iba a poder bañarse. Pero no importa porque siempre quedaban los tomates. Tuvo que ser algo fantástico, aunque la verdad yo no lo recuerdo.

10. Cosas como por ejemplo cortarse a sí mismo el cabello, con su propia máquina y encontrarse con esa pequeña protuberancia en la cabeza. Esa cicatriz. Y recordar aquellas vacaciones; y el río; y los tomates rojos y sabrosos; y saber que algunas heridas pueden dejar marcas. Y que unas cuantas, pueden ser felices.

Rafael Nieves