lunes, 16 de octubre de 2017

Mentalismos


I. Transparente

Para desaparecer empezando. Está ese otro que no me mira, y está tirado en la acera. Me atraviesa con los ojos, como si con su poderoso deseo de otra cosa derritiera huesos, músculo y pellejo para llegar a otro sitio.
A través de mí.
Como si de repente fuera yo el ausente, el que no está, el que no existe. ¡No tengo cuerpo! Flotando hasta mi destino. Donde tampoco veré a nadie. Y seguramente, tampoco seré visto. En una cadena infinita de seres ciegos y ausentes.
Un universo entero de fantasmas invisibles.


II. A veces

Sólo a veces me suelto. Te libero y rápido quiero volver a atraparte. Como sobre una cuerda camino lento, con tristeza en el regreso. Sé que soy mi propia trampa. Mira bien yo nada tengo, a ti nada te falta.
Dame la mano hijo que quiero estar contigo.
Si me apuro un poco alguna ruta me llevará hasta ti de nuevo. Algún malabarismo para volver a tenerte. En esos días nuestros.
Días de fiesta y de amores.


III. Mañana

Como acto principal, mañana voy a tener una fiesta. Quiero que sea en un lugar hermoso, con gente conocida. Para que unos amigos y yo, vayamos a danzar. Casi seguro habrá buena música. Tendremos gente bonita y conversaciones animadas. Como siempre con muchos invitados. También vendrá algún que otro forastero. Intrigado por los cuerpos. Y cada uno podrá danzar lo que le guste. Regalos que eligió para sí mismo y para compartir con los otros. Como en cualquier reunión cada quien deberá traer algo. Aunque sea su cuerpo. Triste el que no. No sé cuantas reuniones como estas he vivido o me he inventado. A veces invitado, a veces invitante. Pero sé que mañana como cualquier día será bueno para celebrar el cuerpo. Mañana porque quiero, será un bonito día para danzar.


 IV. Atardecer

El sol se va
Llega una brisa
Me calmo
Los amantes corren
Se encuentran
Desaparecen
Surge una sombra grande
Como la noche
Una capa muy fina
De deseo
Sólo entonces
Sigiloso
Como un soplo
Llego a ti


V. Pájaro de mal agüero

Acto final. Sólo puedo decir a mi favor, que elegí el título de estas palabras por la diéresis, con la tonta idea de que tiene algo en común con mi segundo apellido. Pero siendo honesto, tuve que buscar su significado en el diccionario antes de seguir escribiendo. Y ahora sé, o es mejor decir entiendo, lo que quiere decir "pájaro de mal agüero".

Y es tan lastimosamente mío ahora, como ese, mi segundo apellido.

 Rafael Nieves

lunes, 9 de octubre de 2017

Perdón


Voy a aprovechar que estoy recogiendo los vidrios rotos para pensar una disculpa. Lamento además que haya sido justamente dos días después de aquella discusión que tuvimos sobre la necesidad de ese frasco extra. Sigo pensando que ya teníamos muchos, pero me aterra que vayas a creer que lo hice a propósito o como una forma de venganza. Como si quebrando la botella nueva estuviese desquitándome de aquella discusión sobre tapas oxidadas y la cantidad necesaria de agua en la nevera para la hidratación familiar. Lo hago también, porque mañana llega el señor que vende los botellones y quiero aprovechar para disculparme por no tener el dinero en efectivo para pagarle. Como es asumido que me corresponde. No es que quiera justificarme, pero es que la cola del banco estaba muy larga y sabes bien lo que esa mezcla de lluvia con sol (tan común en estos días) le hace a mi salud tan melindrosa. Claro que antes deberías perdonarme por no haber apartado el tiempo y el dinero desde hace tantos meses, para reponer nuestro filtro de piedra. Algo que nos hubiese mantenido al margen de esta dinámica de martes a las ocho casi y media de dinero en efectivo y agua embotellada. De paso aprovecho (porque en algún momento te llegará el cuento), para pedirte perdón porque mientras la lluvia y el sol se alternaban de manera histérica, estuve tomándome otro café con una estudiante que ahora es profesora, escuchándole el cuento de sus alumnos incumplidos. Y también porque un poco más tarde, antes de subir al salón me detuvo otra que quiere que haga de tutor en su trabajo de grado y no se decide si le importa más el gesto o el trabajo de contacto en un cortometraje que justo la tiene muy ocupada. Y finalmente porque también me detuve en el piso dos donde están los de audiovisual, mientras una última se desahogaba de algunas cosas familiares. La verdad es que en este punto debería hacer extensiva la petición de perdón a toda la comunidad universitaria, especialmente a mis compañeros docentes (tan atentos a los detalles), por haber faltado a la reunión aquella que hicieron en Galipán donde se juntaron precisamente a discutir sobre el asunto del nuevo manual de ética, donde al parecer se hace puntual hincapié en las sanciones hacia docentes envueltos en relaciones sentimentales con estudiantes o comprometidos en incidentes relacionados con drogas. Por cierto que debería aprovechar también para disculparme con nuestra antigua rectora, a la que no le supe contestar cuando me agarró con la guardia abajo aquel sábado, durante una plenaria sobre el dichoso manual, preguntándome con una sonrisa retadora si tú habías sido mi estudiante. Lo siento no supe que decir en ese momento. Confieso que sufrí un pequeño ataque de pánico. De verdad lo lamento. Y ahora que lo pienso es necesario excusarme de nuevo, porque las estudiantes que ahora dan clase fueron realmente dos y no una como te dije antes. Y es que estando parado en la entrada llegó otra montada en bicicleta, a interrogarme acerca de los contenidos del primer nivel de nuestra unidad curricular, al tiempo que me aseguraba incluso que tú le habías prometido un material escrito. Todo un ardid, como si yo no me diera cuenta. Igual te pido perdón. Ahora, no es que quiera justificarme, es sólo que también recuerdo un par de conversaciones que ingenuamente califiqué en su momento de inocentes, pero de las cuales asumo toda responsabilidad. Una justo antes de entrar al salón y otra que, en apariencia, fue la versión extendida de una explicación sobre un ejercicio al final de la clase. Y bueno como ya te dije no voy a justificarme, pero como para que quede constancia tengo que explicar de alguna manera,  cómo es posible que a esta hora de la tarde casi noche, se me haya ocurrido sostener una bendita botella sudada de agua fría, sobre todo cuando aun me quedaban restos del jabón de fregar en las manos. Te lo juro que se resbaló, así no más. Estalló en pedazos muy pequeños. El vidrio transparente se confundía con el agua. Hice lo que pude para recogerlo. También hice mi mejor esfuerzo para secar el piso. Pero aun así, voy a pedirte que por favor no entres a la cocina descalza. Podrías cortarte o enterrarte alguna pequeña astilla que no haya podido recoger. Y además acabo de recordar que tampoco he podido reponer el alcohol y las gasas. No he vuelto a comprar la solución cicatrizante. Por eso y todo lo demás, te pido que me perdones.
Rafael Nieves

lunes, 2 de octubre de 2017

Tonterías

El nosotros de mentira
Es un deber fundamental aceptar que hay un nosotros que no existe. Me refiero a ese estado dónde en apariencia se encuentra abierta la posibilidad de constituirse como un individuo parte de algo. Pero ese algo en realidad, es más producto del sacrificio y esfuerzo específico de algunos, para bienestar y comodidad de otros. Lo que me parece más dañino es crear además a través de ese nosotros la sensación de normalidad. Desde ese estado normalizado es posible ser absolutamente consciente de los problemas y las necesidades generales, incluso manejar con lucidez los posibles escenarios para la resolución de los atolladeros. Saber que está mal y que está bien, vivirlo. Pero al mismo tiempo, carecer absolutamente de la claridad necesaria para reconocer y asumir lo mal distribuidas que están las capacidades y atribuciones dentro de cada conjunto de individuos. Y entonces así como si la palabra lo pudiese todo, nombrar cualquier apretujamiento de gente que nos roce aunque sea muy tangencialmente, con un resplandeciente nosotros. Y no es que a partir de este momento debamos sistemáticamente ejecutar gráficos mentales para representar cada una de nuestras relaciones, pero, por favor. Especial atención merecen los casos concernientes a las responsabilidades desatendidas. A los casos de negligencia premeditada o no. Y por supuesto a las faltas rampantes a la salud mental colectiva, esas que se transforman en verdaderos atentados terroristas a las formas más básicas de convivencia. Bombardeos inclementes. Amenazas nucleares contra cada pequeña posibilidad de reconstrucción de un pensamiento común medianamente coherente. No amigo, yo no soy responsable de este desastre. Por algo existe lo poco que tenemos. La culpa de esta extinción masiva no pienso llevarla en el lomo. Allá esos locos que no tienen cuerpo.


Formas transitorias de ser
Lamentablemente se nos ha invertido la ecuación. El esfuerzo para sobre llevar la realidad ha superado en demasía las exigencias naturales para el logro de las competencias inherentes a nuestro desarrollo. Aquello de que lo que no mata fortalece, nos hizo trizas. Nos desbarató. Hoy para reconocer qué somos el esfuerzo se ha multiplicado a la enésima potencia. Por encima del problema común sobre el reconocimiento de las distintas identidades de las que hacemos parte y de la propaganda oficial convenciéndonos de lo que somos y no somos, se han sumado una cantidad enorme de maneras de manifestar nuestra humanidad que desconocemos casi totalmente. Pero que ya están ahí al ladito de uno. Lo podemos reconocer por ejemplo en la lucha encarnizada entre dos madres por el último paquete de pañales desechables ¿Qué son? Por otro lado está además, su automática deshumanización por algún otro individuo (que no deseo categorizar), que usando como herramienta algún discurso regurgitado de otro contexto más esclarecido en apariencia, pretende elevarse moralmente para categorizar a nuestras contendientes de supermercado como revendedoras o bachaqueras o algo aun más denigrante. Y es desde esta pretendida altura moral, desde donde se permite evangelizar a favor de los pañales de tela que usaban las madres durante un tiempo que seguramente fue mejor y en el que ciertamente él no había nacido. Pero es que al parecer, en algunos estados del ser se entiende mejor la relación espacio/tiempo y las madres no trabajan, no hacen cola y no asisten a las infinitas reuniones de las incontables formas de organización necesarias para que la sociedad entera marche hacia el mismo sitio donde hoy se encuentra. Aunque algunos sintamos el vértigo del retroceso.


Unos adornos
Nada me hace pensar que en algún momento entender la danza me hará bailar mejor. O ser una mejor persona. O siquiera contribuir en algo a que nuestro oficio consolide sus espacios naturales de realización. Al contrario, últimamente me ha dado por pensar que la danza se encuentra en asedio. Esto es, como si una especie de sombra que sabe entender muy bien las cosas y etiquetarlas y arreglar carteleras informativas, se cerniera sobre ella. Dándole cacería. Como en una pesca de arrastre, trayéndose todo lo que caiga en la red. Y así, una vez bien definida poder al fin darle un orden. El orden que se merece ese pocotón de cuerpos realengos. Porque las formas de ser en desorden ya están detalladas. Ya nos las pensamos. Y eso que están haciendo ustedes, no sabemos ni cómo se llama. -¿A qué departamento los asignamos? -No sé, me imagino que a uno que tenga bastante espacio en la pared, para poder engrapar cosas, y guindar unas láminas, y poder poner unos adornos.


Ahora que te vas
Voy a aprovecharme de ti en este momento que te ausentas. Y cuando digo esto, lo hago desde el saberte vulnerable por todo lo que implica cada llegada y cada partida. No quiero que te asustes, no voy a pedirte nada. Tampoco quiero que gastes tu tiempo pensando en qué necesito. Lo que me gustaría aprovechar es más que todo ese tiempo tuyo que va a ser consumido en tránsito, es decir, un tiempo que no vas a poder gastar en más nada. Y que muy bien podrías aprovechar para ir ordenando tus cosas. Las que son sólo tuyas, esas en las que de alguna manera los demás ya no contamos. Fíjate que no es lo mismo hablar de esto en persona. Es mejor ante todo ponerlo en limpio y archivarlo. Por si un día vuelves. Algo que no debería angustiar a nadie porque estando lejos todo se verá mejor, con más perspectiva. Y estoy seguro que estando de viaje tendrás muchas cosas de qué ocuparte. Me gustaría que las disfrutes. Que te des el tiempo para vivir cada experiencia. Que seas lo que se tiene que ser cuando se está en otro lugar. Cuando uno llega por primera vez o regresa de nuevo. También creo que estando afuera no deberías pensarnos tanto a los que nos quedamos, que estaremos bien. Ya tu nos conoces. Esa es nuestra forma natural de ser, tendiendo siempre hacia la vida buena. No te esfuerces demasiado si nos extrañas, seguro aquí nos mantendremos ocupados. Esa es otra cosa que nos sale de maravilla. Mantenernos siempre en algo, sin importar lo muy improductivo que esto pueda ser. Me voy a permitir recomendarte que no te aferres mucho a los planes, siempre se tuerce algo y sale mejor. Aliméntate bien, duerme lo necesario. Sé libre. Siempre sé tú. Y por favor, por más que me veas haciendo tonterías o al menos que sea supremamente necesario, hasta que no sean tiempos mejores, ya no regreses. 

Rafael Nieves

lunes, 25 de septiembre de 2017

Una calle

Recorro la ciudad entera en aquella avenida. 


Como no es de día ni de noche, no hay pocos carros ni tampoco muchos. Patrullas y camiones antimotines se alternan en la esquinas con hombres y mujeres de fiesta. Tragos al aire y el desparpajo de cajeros de banco sin efectivo. Inservibles. En sólo dos lugares están presentes esas largas y rutinarias filas de personas, que ya a esa hora incierta han perdido la noción del tiempo y la razón de la espera prolongada. Nadie se imagina si alcanzará a llegar al reparto, poco les importa lo que están ofertando. Aquí se acepta tarjeta, dicen. La sensación de cansancio se ha ido desvaneciendo en la misma medida en que no llego nunca y cada vez estoy más cerca ¿o más lejos? ya no recuerdo. Mi barba conserva aun ese sabor amargo que deja lo dulce, pero ya sin el disfrute y el gusto certero. En la acera, un hombre aburrido espera por alguien cargando a una niña pequeña, mientras juega con una cucaracha cortándole el paso con su zapato limpio. Una cucaracha intenta permanecer viva mientras algo monstruoso le corta el camino para llegar a su hendija. Una niña mira fijamente a alguien que pasa observando el piso, donde su padre amado persigue algo que ella no distingue. Un hombre aburrido decide si aplastar aquel bicho asqueroso le ensuciará su zapato nuevo. Más allá en una silla de plástico, un anciano usa una lupa y una linterna para descubrir el número ganador en un dibujo de prensa. Un periódico ha publicado una caricatura donde una mujer de contornos exagerados al extremo se agacha para recoger un lápiz, mientras un hombre sentado en un escritorio la mira y expresa un comentario extraordinariamente soez. Un dibujante ha colado por años entre sus dibujos, trazos que asemejan números y la gente los examina para jugar a la lotería. Las ventas de verduras van cediendo el paso a las ventas de licor y comida rápida. Aquí también se acepta tarjeta, dicen. Unos guardias miran con atención el escote de una quinceañera y sus amigas, fuertemente aderezadas con carmín, flores y canela. Los semáforos son remplazados por fuegos artificiales y aglomeraciones de personas que toman la justicia por su cuenta logrando salir indemnes. Sólo muy de vez en cuando, sin importar el largo del trecho, se renueva la preocupación por los rincones sucios y las calles sin alumbrar. En esta cuadra se defiende la patria, en la que sigue estamos de rumba y en la siguiente es mejor apurar el paso, porque está oscura y roban. En algunos resquicios todavía podemos presenciar fragmentos del espectáculo conmovedor de una madre y sus niños en uniforme terminando de llegar a la casa. Pero cada vez menos. Cada vez más fuera de orden, cada vez más alejados del contexto. La calle, poco a poco, va dejando de ser tránsito. Porque una calle es siempre otra cosa. Como estos chinos a los que les quiero comprar unas velas, y mientras saco la tarjeta de la cartera, comienzan a hablar entre ellos usando su idioma para que yo no entienda. Como si hiciera falta tanto. Como si no nos conocieran.

Rafael Nieves

lunes, 18 de septiembre de 2017

Argumentos

Danza
No tengo la menor idea de para qué sirve la danza. Nunca la tuve. Fue tan simple como ir sumergiéndome cada vez más profundo en sus posibilidades. Sin preguntar nunca. Habitar sus espacios se fue haciendo cada vez más natural. Nada más con la certeza incomprensible de que era el espacio correcto para desarrollarme. Un lugar, muy por encima de muchos otros, que me hacía sentir útil. Aunque la verdad no sé bien para qué. Pero esto no me ocurrió solo. A todos esos lugares distintos a los que fui progresivamente accediendo, llegué casi siempre acompañado. Y fui presenciando como los otros, mis compañeros de viaje, se iban desvaneciendo. Desaparecían. Se los tragaba la ciudad, la familia, otras vidas. Y sin embargo, como atraídos por algún hechizo inconfesable, seguían apareciendo nuevos seres, como ahora. Como todavía. Y ya no fui más nuevo. Poco a poco perdí la vergüenza de dedicarme al cuerpo, a esta posibilidad que me sigue abriendo puertas imaginarias. Aunque debo aceptar que antes, todo en su seno era más sencillo, al menos en apariencia. Hombres y mujeres con más experiencia me animaban a seguir el recorrido, a hacerme más y más cuerpo. A no dudar de mi elección. Y así llegó el tiempo de guiar a otros. De convocarlos e incitarlos a explorar juntos. Imposible enumerar las formas infinitas en que se han dado dichas colaboraciones. Ni el alcance en otras vidas posibles. Unos días más gratificantes que otros. Algunos cuerpos más conmovidos que otros. Y cómo pasa el tiempo. Y mira este cuerpo. Intuyo que llegado el momento todo para mí habrá acabado. Y tendré algunas cosas, como todos. Y habré dejado de tener otras que no pude, contando las muchas que he perdido. Pero cada día será siempre mío. En éxtasis, entregado al placer de ser desde el cuerpo. Y así me iré, cruzado por la danza. Vida que puede acabar en cualquier instante. Y será sutil o violento. Pero ya nada podrá cambiarme, porque mis días fueron felices. Me pasé la vida danzando. Aunque nunca haya podido explicarlo.

Rosita
 
Ciudad
Una ciudad puede ser prisionera. Sus paredes, cantar odas a cualquier deidad de moda. Sus avenidas, hacernos sentir libres o cautivos. Algunas construcciones, levantarse en poco tiempo para cumplir objetivos inmediatos, suplir alguna carencia. Otras, pueden llevar mucho tiempo en completarse. Sufrir modificaciones, adaptarse e incluso cambiar de uso dependiendo de la duración del asedio. Los árboles, talados y vueltos a nacer. Con raíces tan fuertes que pueden sin dudar, romper aceras, deformar calles. La gente, morirá constantemente en sus rincones. En algunas estructuras, se traerá nueva vida al mundo. Tendrá como siempre, muchos lugares para hacer más gente. Lugares para hacer el amor. Y será tomada y devuelta, raptada, liberada y vuelta a confiscar. Y perseguidores y perseguidos podrán intercambiar sus lugares con cualquier excusa simple, aunque casi siempre usando mucha fuerza. Puede incluso cambiar de color, aunque por dentro siga siendo el mismo tono, la misma frecuencia. Es corta si es en carro, es larga si es a pie. Capas y capas de pavimento siempre devorado por cauchos infinitos, insaciables. Y los puentes desaparecen y renacen. Las luces prenden o se dañan. Pero algunas cosas nunca cambian. Como que desde tu casa a la mía, ya en la tardecita, siempre va a pegar el sol de frente.


Gente
Somos educados. Tratamos de expresar nuestro apego a innumerables formas de honrar nuestros deberes. Exigimos, como es natural, las demandas que hemos convenido. Saludamos, celebramos, bendecimos. Normalmente esperamos pacientemente por nuestras respuestas. Convenimos amablemente en los términos adecuados para que ocurran los eventos. Cuando nos equivocamos, rectificamos y nos disculpamos. Nunca accedemos a nuestros impulsos más básicos sin estar plenamente convencidos que son producto de una necesidad fundamental, basada en la supervivencia de nuestro ecosistema. Amamos lo suficiente. Odiamos casi nada y muy pero muy privadamente. Nos descontrolamos con frecuencia en cumplimiento de nuestros códigos pero regresamos convenientemente a la norma. No nos quejamos. Tropezamos, nos caemos, nos levantamos. Reincidimos. De formas infinitas y absurdas. Nos desconocemos, pero somos corteses e igual nos saludamos, celebramos y bendecimos. Y muy de vez en cuando, casi nunca, nos postramos hasta morir. 

Rafael Nieves

lunes, 11 de septiembre de 2017

Juguetes

Batalla
No quiero por ninguna circunstancia que me sigas amenazando. Hasta cuándo tengo que soportar tus ofensas y omisiones. Tu desprecio absoluto por las más básicas normas de convivencia. Además tampoco quiero que me sigas mintiendo. Porque no hay que ser experto para saber que ya está pasando. Por más que intentes subvertir la realidad con toda esa retórica violenta, todos sabemos que ya están aquí. En plena invasión, rompiéndonos el alma. Batallones enteros de muchachitos caminando entre los carros. Vestidos como pueden, abofeteándonos con su hambre, descalzos. Apuntando hacia los carros sus armas de plástico, repletas de agua jabonosa. Dando la batalla en cada semáforo contra la mugre infinita de parabrisas ajenos. Recordándonos el dolor de perder esta guerra.


Carrito
Si tan sólo hubiese esperado diez minutos más antes de irme. Si me hubiese bebido otra cerveza. Si tan sólo hubiese podido vencer ese hábito miserable de repetir calles y avenidas. Si hubiese cruzado la acera. Si le hubiese sacado conversación a Consuelo o al chino o los muchachitos de artes visuales. Si no tuviera siempre que tomarme tan en serio esa idea mórbida de la vida en estado de atención. Pero no. Estaba predestinado a ser testigo. A sucumbir a la mirada bella de ese niño que junto a su padre admiraba su carrito. A ver cómo le enseñaba que las ruedas estaban completas y que no estaba roto, sólo un poco sucio. Y sus ojos encantados, amorosos, terriblemente inocentes. Sentados juntos como estaban en la acera, ya tarde. Escarbando la basura, rompiendo bolsas negras. Admirando su tesoro de plástico.


Bici-banda
Tengo esa costumbre perniciosa de querer alargar las visitas. Como si ya estando en la puerta de la calle, justo al despedirme, se activara en mí una verborrea descomunal. Un hervidero de historias que necesito urgentemente compartir con ese amigo angustiado que mira desde la puerta de su edificio hacia ambos lados de la calle, un sábado al mediodía. Algunas veces lo logro y es entonces el amigo quien toma las riendas de los cuentos y me señala:

-¿Ves ese edificio ahí al frente? Bueno en diciembre vino un operativo y le regalo a todos unas bicicletas pequeñas. Yo no sé a quién se las quitaron, lo que sé es que todas eran rosadas, como de niña. Con unos flecos que le cuelgan del manubrio y una cestica plástica delante. Era impresionante porque le dieron a todo el mundo, hasta a los más manganzones. A mí me parece bien por los más pequeños, aunque ni idea de cómo organizan eso. Pero lo más cumbre es que ya en enero un poco de tipos que ni siquiera cabían en las bicicletas comenzaron a pasearse en grupos grandes por toda la avenida. Y se dedicaron a robar gente. Yo sé que no me crees pero por ahí se la pasan todavía.

Un poco dudoso, le aseguré que había visto cosas peores y que ya nada podría extrañarme. Pero creo que mi respuesta no le convenció mucho porque lo noté ofendido, y fue poco a poco arrimándome hacia la calle, como con unos empujoncitos amables que me hicieron quedar del lado de la acera, más allá de la reja.

-Y bueno, saludos a la familia, cuídate.

Fue lo último que dijo, y después escuché cómo se trancaba la reja y el sonido de doble vuelta de la llave en la cerradura de la puerta de adentro. Todo eso antes de que me decidiera a caminar unos pocos pasos hacia la parada de autobús que estaba casi al frente, desde donde pude girar la cabeza hacia la izquierda para ver si venía algún transporte público, y me topara a lo lejos ya sin sorpresa, casi resignado, con un grupo grande de manganzones que se acercaban a toda velocidad montados en unas bicicletas rosadas demasiado pequeñas para su tamaño.

Rafael Nieves

lunes, 4 de septiembre de 2017

Rituales

No hay forma
Te juro que salí a comprarme un dulce. Estas calles, se van sucediendo una tras otra de manera desordenada. De vez en cuando puedes pasar dos o tres cuadras caminando en línea recta, pero siempre vas a encontrar algún cruce loco con carros y gente que se superponen, o alguna redoma imposible que hará fracasar cualquier explicación sencilla. No existe más esa manera directa de expresar cómo llegar de un punto al otro valiéndote exclusivamente de números o amparado en la geometría. Nada de que si sigues derecho cuatro cuadras y después giras a la izquierda tres más o alguna tontería exacta como esa. Lo más cercano que podría decir es algo así como que si sales de mi casa, sigues bajando hasta que te encuentres un rebulicio de carros y gente, entonces cruzas como quien va hacia el parque, después de eso vas a ver un letrero grande que no me acuerdo que dice y justo al lado, venden los dulces. Ahora, si continúas un poco más te vas a encontrar con un poco de motos estacionadas, cruzas donde está el quiosco y ahí los vas a ver, a los que no les gusta sino beber en la puerta del bar. Pero tú entra tranquilo que seguro hay puesto en la barra y te atiende Keviin o Consuelo. Uno no se preocupa porque anoten. Basta con ir juntando al frente tuyo las botellas vacías que nadie va a recoger, para que al final pagues entero lo que te bebiste. Claro que adentro todavía hay mesas y sillas y gente, y van a seguir llegando. Y puedes elegir entre meter las manos en los bolsillos, hacer origamis fallidos con las servilletas o jugar con las filas de frascos vacíos que se te van acumulando al frente. A mí me gustan las que traen etiquetas porque el sudor de la botella las desprende y las puedes ir coleccionando sobre la barra aprovechando la humedad de la madera. Delante de ti está el reloj, los vasos, las botellas y un listado completo de cuánto cuesta cada bebida, incluyendo esas que nunca pide nadie. A la derecha al fondo están la cocina y los baños. A la izquierda la calle y la puerta transparente que es otro reloj porque te dice cuando se va haciendo de noche. Detrás, el ruido es cada vez más intenso. Los televisores encendidos. Las palabras que van dejando de entenderse. Los nuevos y los viejos habitantes. Y la mesa del rincón. Donde ya no vas a estar. En este bar que después de tanto ya no tiene forma. Al que ya no sé cuándo llegar y del que no encuentro cómo devolverme. Me parece que voy a hacerme el loco. Me voy a imaginar que estás de viaje como otros tantos. Con tus gatos y tus lentes de viejo. O que si estás pero nunca llegaste por culpa mía, por no avisarte a tiempo. Perdona, pero es que decidí venir ya sobre la marcha. Quédate tranquilo que es bastante tarde y yo ya me estoy yendo. Ahora todo está cerrado, todo está oscuro. Ojalá me hubiera comprado el dulce.


Inicio
Te quitas los zapatos, la ropa, te cambias. Colocas algo de música mientras tanto, eliges algo que te guste, que dé cierta sensación de comienzo. Ambientas. Entonces sacas del bolso los ungüentos. El de los dolores, tobillos, región lumbar y a veces rodillas. Afuera lentes, y los collares, los anillos, las pulseras. Revisas mentalmente el ejercicio inicial mientras frotas el mentolado, o tal vez la cera humectante para la planta de los pies. Los masajeas apretando firmemente cada parte haciendo que circule la sangre. Separas los dedos entre sí desde la base del metatarso y haces que los dedos de la mano abracen el espacio entre los dedos del pie. Y los llevas hacia adelante y hacia atrás, y delante y detrás. Remueves los sobrantes de loción con la tela de tus pantalones que igual van a ensuciarse. Te estiras brevemente. Flexión, extensión y torsión de la columna. Acostado boca arriba, llevas las rodillas detrás de la cabeza. Al regreso separas las piernas e intentas tocar el piso con el pecho. Te colocas de nuevo los lentes. Ajustas la música y si es necesario anotas en silencio la asistencia. Miras por última vez nítidamente a todos antes de volver a dejar tus anteojos entre tus cosas y pasas al centro de la sala tocando a todo aquel que esté cerca. Das nuevamente la bienvenida. Miras de frente, reconoces rostros y ubicas caras nuevas. Intentas ser amable desde las primeras instrucciones. Casi siempre ensayas un ejemplo usando un compañero para generar confianza. Si el ejercicio es individual te mueves evitando el exceso. Dando a entender que más importante que copiar al calco la movilidad del otro, es el disfrute de la búsqueda. Si te toca repetirlo, lo vas a danzar con placer. Para provocarlos, para que quieran probar. Nacerán algunas sonrisas, algunas complicidades. Entonces así, tratando de no extenderte en explicaciones, sabiendo que sólo en el hacer todo va a ser comprensible, te lanzas indómito, con novicios y reincidentes al encuentro con la danza. A la destrucción y creación del universo.


Eléctrica
Muchos años hace desde que hice una canción. Como un cofre encantado, lleno de polvo y detrás de algunas maletas estaba. Un estuche semiduro cubierto de lona negra con un largo cierre lateral. Adentro como viniendo de otro tiempo los restos del cuerpo de madera lucía incompleto, mutilado. Varias piezas habían sido canibalizadas antes de ir a dar con los trastos olvidados. Las urgencias del momento hicieron que apenas vista, fuera clausurada de nuevo y devuelta al rincón de donde había logrado escapar. Pero, aunque esa vez nada podía indicar otra cosa, aunque sólo fue expuesta a la vista brevemente, su retorno ya había comenzado. Mucho después, claro está. Porque como un descubrimiento olvidado, su cuerpo desvencijado se había vuelto pregunta. ¿Será posible? Entonces pasó un tiempo insondable. Pero ya era un hecho ineludible y el cofre volvió a ser interrogado. Esta vez como en una experticia forense las preguntas iniciales se centraron en qué faltaba, qué no servía. Y de nuevo el encierro. Porque en ese momento ya no hace falta el objeto. El contenido del sarcófago se había vuelto una idea, una pregunta. ¿Será posible? Entre amigos salió a relucir el tema, las preguntas por sus partes, la recolección de comentarios. La recopilación de ideas. Y con ellas las historias, los años aquellos y las nuevas formas. Hasta que un día, aquella arca mortuoria cedió su contenido. Y éste fue limpiado, y explorado a mayor profundidad, ya con un conocimiento más completo acerca de su funcionamiento. Usando las herramientas adecuadas. Ahí se evidenciaron sus lesiones y se vislumbraron sus posibilidades reales de volver al mundo. Los daños eran mucho menores de lo aparente. Y así el nuevo tiempo de encierro fue menor, las piezas faltantes comenzaron a aparecer una a una. Y vino el tiempo de ensamblaje. La calibración de sus partes y comprobación de tono. Fue ahí donde finalmente, limpia, completa y afinada, volvió a ser empuñada, sonora y potente. Eléctrica. 

Rafael Nieves